Personajes Ilustres de Veracruz

Francisco Javier Clavijero

Incluimos en estas páginas a Francisco Javier Clavijero por la importancia singular de su obra como maestro, humanista y fundador de la mexicanidad.

Nació en el puerto de Veracruz el 9 de septiembre de 1731.

Fue el tercer hijo del matrimonio formado por Blas Clavijero y Ma. Isabel

Echegeray.

Continuó sus estudios en Puebla: gramática en el Colegio de San Jerónimo y filosofía en el de San Ignacio.

Desde su temprana juventud mostró interés en las lenguas europeas y americanas, en las matemáticas, en las letras griegas, latinas y españolas, en la música y en los conocimientos prácticos de los artesanos.

El niño Clavijero pertenecía a una familia distinguida, tanto por los antecedentes de su padre como por los de su madre. Don Blas Clavijero, de origen español, había recibido una esmerada educación y se desempeñaba en un alto puesto de la administración pública en la Nueva España, eso lo obligaba a cambiar constantemente de ciudad de residencia, según lo requerían sus Compromisos oficiales. Francisco Javier, desde su infancia, se fue familiarizando con distintas regiones de lo que entonces era el Reino de la Nueva España y que hoy es República Mexicana.

En el seno de su hogar disfrutaba de las comodidades que podía ofrecerle el rango de sus padres; en el colegio se aplicaba al estudio con todas sus fuerzas fuera de ese espacio, tenía un trato frecuente con los indios. De ahí nació su amor por ellos y un profundo respeto a su cultura. El joven Clavijero alternaba el estudio de las lenguas europeas con el de las que hablaban los nativos de América. Probablemente aquí comenzó a manifestarse su vocación religiosa y se vio obligado a elegir entre los halagos y las ventajas de su hogar, por un lado, y el deber de servir a sus prójimos, independientemente de su posición social, por el otro.

Asunto tan grave no podía tomarlo a la ligera Javier, a pesar de su juventud, por eso decidió ir por una semana a la casa adjunta al Colegio del Espíritu Santo. Allí, aislado y en circunstancias muy serenas adoptaría la decisión que le dictara su conciencia.

Un hecho aparentemente trivial le ayudó a decidirse: en el curso de aquellos días descubrió entre asistentes de su padre que, en busca un descanso espiritual había acudido al mismo sitio. Sencillo y amable, prescindiendo de su jerarquía y de sus ocupaciones, don Blas se acomedía a servir la comida, como cualquier miembro de la servidumbre. Su hijo que le amaba y veneraba tiernamente se sintió conmovido. A partir de ese momento se resolvió a ingresar a la Compañía de Jesús.

El 13 de febrero de 1748, Francisco Javier inició el noviciado en la orden religiosa a la que iba a dedicar el resto de su vida. Hablamos de la mitad del siglo XVIII, un siglo muy rico en la historia de América. EL Joven jesuita, a su modo, vivió intensamente los acontecimientos del viejo y nuevo mundo.

Sus estudios superiores los realizó en Puebla y en México; y al ordenarse como sacerdote, solicitó expresamente enseñar en el Colegio de San Gregorio, situado en la ciudad de México. Allí permaneció cinco años. Su labor fue doble: inició con admirable paciencia a los indios en el cristianismo, para lo cual aprendió la lengua mexicana. Las horas que ocupaba en la docencia las usaba para leer infatigablemente todos los códices que existían en la biblioteca del Colegio.

Es muy probable que de ahí provengan los materiales de su famosa Historia Antigua de México. A mediados del siglo XVIII, mientras se preparaba el joven Clavijero, la vida intelectual de Europa experimentaba cambios de enorme importancia. Después del Renacimiento, de la reforma religiosa y del triunfo del pensamiento de Descartes, los hombres del siglo XVIII se dispusieron a examinar todas las cuestiones sin reserva alguna: se discutieron los principios de las ciencias y las bases de la religión revelada, los problemas del gusto en las artes, el fundamento tanto de la moral como de la política. Aquellos hombres compartían una creencia en la unidad y en el carácter invariable con la razón, que es la misma para todos los sujetos con capacidad de pensar, para todas las naciones, para todas las épocas y para todas las culturas.

Sin perder de vista las condiciones de la Nueva España, Clavijero favoreció la renovación de la enseñanza, haciéndose eco de lo que pasaba en el viejo mundo. Dejó testimonio de su espíritu emprendedor en Morelia, Guadalajara y México.

En Guadalajara, donde se desempeñaba como perfecto de la Congregación Mariana, Clavijero recibió la orden de abandonar el territorio mexicano. Hablamos de 1767, año en que Carlos III, Rey de España, decretó la expulsión de los jesuitas de todos los territorios de la Corona. El padre Clavijero, como todos sus correligionarios, se fue a residir a Italia.

Veinte largos años pasó en el destierro. Mientras trabajaba afanosamente en la composición de su Historia Antigua de México, comenzó a circular en Italia un libro escrito por Cornielle de Paw. Este era su título: Investigaciones filosóficas sobre los americanos. Allí se ofende y se denigra a los americanos, suponiendo que Europa es el continente modelo y América un continente inferior. El libro había aparecido en Berlín, en 1768.

Javier Clavijero, por el amor entrañable que sentía hacia su patria, creyó un deber darle una respuesta enérgica al autor Alemán. Ese hecho lo alentó a intensificar sus investigaciones, base de su Historia Antigua de México. Por fin, en 1780 apareció la obra, escrita originalmente en italiano. Pronto se tradujo al francés y al alemán, por el éxito que alcanzó. Sin darse descanso, Clavijero redactó también sus Disertaciones para echar abajo los juicios de Comielle de Paw, mostrando que partía de datos falsos, que los mexicanos eran hombres con la misma capacidad intelectual que los europeos, como lo demostraba el desarrollo asombroso de las culturas prehispánicas.

Su Historia Antigua de México la dedica a la Universidad Pontificia de la Nueva España y le reclama que no hubiera establecido una cátedra de la historia de México, con énfasis en la etapa anterior a la conquista. Ahí se encuentra la raíz de México.

La Universidad Pontificia, donde se había formado Javier, recibió la obra y, en sesión de maestros y autoridades, se acordó enviarle un documento en que se reconocen sus méritos por los que la Universidad se siente honrada por haberlo contado entre sus discípulos.

A las cuatro de la tarde del 2 de abril de 1787, murió Clavijero allá en Italia, lejos de su patria. Para fortuna nuestra, sus restos descansan ya en suelo mexicano.

Ma. Teresa Medina de la Sota Riva

En la actualidad, la participación de las mujeres en la vida pública todavía se enfrenta a prejuicios y a costumbres que pretenden confinarlas a las paredes del hogar y a la crianza de los hijos exclusivamente; ya podemos imaginarnos cual sería la vida de la mujer hace, digamos, dos siglos, cuando la ignorancia, los prejuicios y el dogma eran sello distintivo de la sociedad mexicana.

Por esta razón, la participación de una mujer en la vida política, en los inicios del México Independiente, resulta tan importante. Ya desde entonces se evidenciaba la capacidad de las mujeres para desempeñarse en todos los espacios de la vida social, y se demostraba que también podían participar como lo hacen hoy en día por la construcción de la patria que nos ampara. María Teresa Medina de la Sota Riva es un buen ejemplo de lo dicho.

Ma. Teresa nació en Xalapa, posiblemente entre los años de 1780 y 1790, de modo que, cuando se inicia la Independencia, es una mujer que vivía en su ciudad natal, pequeña villa que contaba entonces con trece mil habitantes. Hermana del General Antonio de Medina y Miranda, era de clase acomodada y se casó muy joven con el Teniente Coronel Manuel de la Sota Riva Llano y Aguilar, con quién procreó dos hijos. En la época del imperio de Agustín de Iturbide fue incluso dama de la corte.

En esa época el estado de Veracruz también fue escenario importante en la lucha por la Independencia. Recordemos las gestiones que el Ayuntamiento de Xalapa hizo para crear un gobierno independiente a través de Don Diego Leño, a raíz de que el Rey Español Fernando VII fue hecho prisionero por los franceses en 1808; citemos el plan que a favor de la Independencia se fraguó en 1812 en el puerto de Veracruz y por el cual fueron fusilados Cayetano Pérez y Evaristo Molina; recordemos también la lucha de Serafín Olarte en Papantla a favor de la Independencia, la de Antonio Merino en Xalapa y la participación de los Curas José Ma. Sánchez de la Vega, Juan Moctezuma Cortés y Manuel de las Fuentes de Alarcón en Tlacotepec, Zongólica y Maltrata, respectivamente.

Por diversas razones, Veracruz es entonces teatro de importantes acontecimientos y participan en el territorio de este estado notables Jefes Insurgentes como José Ma. Morelos, Nicolás Bravo y Guadalupe Victoria. Es explicable que en estas circunstancias, María Teresa haya desarrollado un sentimiento favorable hacia la Independencia de México. En 1812, se compromete directamente y apoya la formación de una Junta de Insurgentes, a la que sostiene económicamente.

Descubierto el movimiento por las autoridades virreinales, los insurgentes tienen que huir a Naolinco, lugar donde se reorganizan como Junta Gubernativa Americana. Justamente al amparo de esta Junta se encontraba Don Mariano Rincón, que destacaría en futuras batallas. Seguramente las influencias del hermano de María Teresa le salvaron la vida porque, finalmente, es obligada por el Gobierno Virreinal a abandonar su tierra natal y a vivir en la ciudad de México. Como dijimos antes, la participación de Teresa Medina en el movimiento de la Independencia de México, es sólo un ejemplo de los tantos casos de mujeres que permanecen en el anonimato pero que con su participación ayudaron a conformar la patria en que vivimos.

El Negrito Poeta

Muy cerca de Xalapa, en la carretera que va a Alto Lucero, está el pueblo de Almolonga. Se cuenta que allí nació hace muchos años un negrito que, según parece, llevaba por nombre José Vasconcelos y era muy dado a componer versos, por lo que lo llamaban “El Negrito Poeta”. Él mismo lo cuenta así en unos de sus versos:

Aunque soy de raza conga

yo no he nacido africano

soy de nación mexicano

y nacido en Almolonga

Era un hombre dotado por la naturaleza con el don de improvisar, como los trovadores que todavía existen en nuestro estado, que con gran facilidad componen y cantan versos llenos de humor y de picardía, casi siempre acompañados con música de arpa y con jaranas. Versos como los anteriores le brotaban espontáneamente al “Negrito”.

Eran ocurrencias que el autor en diferentes circunstancias y situaciones en que se veía obligado a improvisar, como es el caso de esta ocurrencia inventada por él para pedirle a una muchacha su amor:

El corazón se te alegra siempre que encuentras al negro;

Yo también mucho me alegro mi alma, ¿quieres ser mi negra? .

Al no ser correspondido, se quejaba en verso también:

Arrastrando las cadenas

del iracundo cupido

con cuya flecha me ha herido

sin dar descanso a mis penas.

Y para enamorar a Dorotea cantó de esta manera:

Bellísima Dorotea

más fina y pura que el oro

con el amor que te adoro

de tu amor ardo en la tea.

Al oírle un amigo, le preguntó:

¿Conque estás enamorado?

Y “El negrito” contestó:

¡Ojalá no lo estuviera!

Por un objeto adorado

ardo de amor en la hoguera .

Nunca escribió sus versos porque no sabía leer ni escribir, y si sabemos de su obra es por que se conservó en la memoria del pueblo y se repitieron sus versos generación tras generación. De su vida se sabe poco, su oficio consistía en hacer flores de papel para adornar bandejas de dulces:

Hago flores y las corto

en los jardines de Apolo

las que no desaloja Eolo

y respeta el tiempo absorto…

Apolo es el Sol y Eolo es el viento; es muy ingenioso en verdad por que, efectivamente, las flores de papel no las deshoja el viento y duran por mucho tiempo.

Se dice que vivió a finales del siglo XVIII allá por los años de 1780 a 1800 cuando

México no era independiente, se llamaba la Nueva España y nos gobernaban los Virreyes, es decir, los representantes del Rey de España.

Los Virreyes eran personas muy importantes dentro de la sociedad de esa época y

hasta uno de ellos, llamado Don Juan de Acuña y Casa Fuerte, llegó la fama de poeta que “El Negrito” tenía y quiso conocerlo. En su encuentro con “El Negrito” iba el Virrey en un carruaje muy elegante, de los que en aquella época se les llamaba “Estufas”. (Como esas carrozas ahora ya no se usan nos parece raro el nombre; en estos tiempos las estufas son otra cosa). “El Negrito” criticó en sus versos el derroche de elegancia del Virrey haciéndole notar que no debía vivir con tanto lujo mientras el pueblo carecía de lo más necesario, así como también debía tener muy presente que con tal actitud incitaba al pueblo a protestas. Veamos en qué forma tan ingeniosa lo dice:

Esa estufa, Juan, advierte

que sobre ejes de oro gira

es el carro de la muerte

que te condena a la pira .

La pira es el lugar en donde queman con leña a los condenados a muerte. “El Negrito”compone otros versos para hacer ver al Virrey de apellido Casafuerte, que todo el lujo y la riqueza terrenal se acaban en el momento de la muerte, que allí todos somos iguales:

Sabes que para la muerte

no hay humana resistencia

no hay valor, no hay excelencia

no hay ni ha habido casa fuerte.

Observemos como juega el poeta con el apellido del Virrey: Casafuerte y las palabras “casa” y “fuerte”. La intención, es decir, que no hay nada tan fuerte que pueda resistir la muerte, ni siquiera la riqueza del Virrey. Se dice que ante la crítica el Virrey no usó más esa carroza tan elegante y la regaló a la iglesia para que los sacerdotes llevaran en ella el auxilio a los moribundos.

“El Negrito” tenía, a menudo, problemas con la gente, pues componía versos para

decir cosas poco agradables a quienes no le simpatizaban:

El que nació para burro no es otra cosa por cierto

Yo dormido más discurro que vos estando despierto.

En una ocasión le prestó un sábana a un amigo que fue llevado a la cárcel. De la ciudad de México llevaron al preso a Veracruz y se llevaron con él la sábana de “El Negrito”. Éste le mandó un recado con otros presos que debían viajar a Veracruz. Veamos cómo le pide que le devuelva la sábana:

Si llegas a Veracruz

y allí ves a Pancho el Tuerto

le dirás que por Jesús

me mande en la cual fue envuelto.

Observemos cómo de una manera muy ingeniosa, en vez de decirle “que me mande la sábana que le presté”, habla primero de Jesús y luego dice “en la cual fue envuelto”. En lugar de la sábana, recordemos que Jesús después de muerto fue envuelto en una sábana. La fama de “ El Negrito Poeta” cruzo fronteras de la ciudad de México donde vivió hace tantos años y sus versos se conocieron por el resto del país y fuera de él, y hasta nuestros días sus versos son apreciados por su sencillez y su ingenio.

Manuel Elogio Carpió Hernández

Vamos a hablar de Manuel Elogio Carpio Hernández, un hombre que fue médico, maestro, poeta, y que siempre se preocupó por ayudar a sus semejantes.

Manuel Carpio fue uno de los ocho hijos de Don José Antonio Carpio y de Doña Josefa Atanasia Hernández, y nació en Cosamaloapan el 1° de marzo de 1791. Pero no creció allí, pues la escasez de oportunidades de trabajo obligó a sus padres a trasladarse a otro lugar, a Puebla, con sus hijos muy pequeños.

Una epidemia infecciosa hizo que Manuel quedara huérfano a los cuatro años; sin embargo, recibió una buena formación familiar que más tarde se completó en el Seminario Palafoxiano de la ciudad de Puebla, donde hizo estudios humanistas de teología, artes y letras; griego y latín. Más tarde, se dedicó a estudiar medicina, en medio de una gran pobreza y mediante muchos esfuerzos. Con la ayuda de algunos amigos, fundó la primera Academia Mexicana de Medicina. Cuando pudo ingresar a la Universidad y titularse como médico, Manuel tenía cuarenta y un años y muchos planes para el futuro.

Se dedicó a dar consulta, casi siempre gratuita, y a dar clases de fisiología y de Historia de las Ciencias en la Universidad Nacional, en la Ciudad de México, en donde vivió desde 1832 hasta su muerte. También enseño Anatomía a los pintores y aprendices de la Academia de San Carlos, sin cobrarles, aunque nunca fue muy rico, pues le importaba más el conocimiento que el dinero.

Con la finalidad de que toda la gente pudiera tener idea de las terapias más sencillas, escribió el libro Medicina Doméstica, donde señalaba los cuidados de higiene que debemos tener, los primeros auxilios y como realizar cirugías pequeñas con lo que se tiene al alcance en el hogar.

Manuel Carpio se educó bajo los valores de la religión cristiana, y esto se manifestó en dos dimensiones, su persona: por un lado, su profunda convicción religiosa hizo que el amor y la caridad fueran la regla de sus actos y, por otro desarrolló en él a un escritor que en sus poesías buscó la perfección de la forma y la claridad en la expresión.

Los temas de sus poesías fueron principalmente dos, los pasajes de la Biblia como “La Anunciación”, “La Cena de Baltazar”, “La destrucción de Sodoma”, y la nostalgia por la provinciana tierra natal, Cosamaloapan, en donde le llaman “El Cantor del Terruño”. La letra de nuestro Himno Nacional, en parte se debe a él, no por que lo haya escrito, sino por que fue miembro del jurado que premió a Francisco González Bocanegra como ganador del concurso para la letra del himno, en 1854. Los otros jurados fueron Bernardo Couto y José Joaquín Pesado, también poetas y amigos de Carpio.

Tuvo cinco hijos en su matrimonio con doña Guadalupe Berruecos, con quien formó un hogar modesto y ejemplar. Cuando su esposa murió, empezó a quejarse de cegueras momentáneas y dolores de cabeza, indicios de que una grave enfermedad del cerebro lo aquejaba, minando, su inteligencia y su memoria, hasta llevarlo a la muerte, el 11 de febrero de 1860.

Manuel Carpio fue testigo de la lucha de México por la Independencia y de las intervenciones de EE.UU.

En nuestro país; también tuvo oportunidad de presenciar la formulación de la Constitución de 1857, y en todo momento apoyó las ideas de los caudillos mexicanos.

Antonio López De Santa Anna

Uno de los personajes más importantes de la historia de nuestro país es Antonio López de Santa Anna. Tan fuerte ha sido su presencia que muchos historiadores han llamado “Era Santanista” a los años comprendidos entre 1833 y 1855, periodo en el cual Santa Anna fue once veces presidente de México. Sin embargo, hasta nuestros días, hablar de este veracruzano causa opiniones encontradas, pues no existe acuerdo respecto de su grandeza o de sus deméritos acreditados durante los largos años en que fuera “el hombre imprescindible en la vida de la nación “.

Antonio de Padua Severino López de Santa Anna fue bautizado un 22 de febrero de 1794, un día después de su nacimiento en la villa de Xalapa. Algunos años más tarde, la familia López de Santa Anna tuvo que dirigirse hacia el puerto de Veracruz en busca de una mejor situación económica. A la edad de quince años, llegó para Antonio, el momento de decidir su futuro. El padre pretendió que fuese auxiliar en una tienda, pero el joven buscó el apoyo materno para hacer que su padre renunciara a esa idea, lo que logró, y, en cambió, ingresó, en 1810, al Real Regimiento de Infantería. El Joven López de Santa Anna combatió contra las fuerzas insurgentes, primero contra los seguidores de Hidalgo, luego los de Morelos y después contra los de otros jefes independentistas más. Recorrió tierras de Tamaulipas, Texas, Monterrey, Coahuila, San Luis Potosí, y llegó hasta la misma capital de la Nueva España.

En marzo de 1821, en el puerto de Veracruz, se supo del acuerdo entre las tropas del rebelde Vicente Guerrero y las de Agustín Iturbide representante de las fuerzas españolas de proclamar la independencia mexicana y constituir el ejército de las Tres Garantías. El capitán López de Santa Anna se enteró de tal sucesó y escribió “…apareció el Plan de Iguala… me apresuré a secundarlo, por que deseaba contribuir con mi grano de arena a la grande obra de nuestra regeneración política”. Así, se volvió insurgente y en Córdoba se puso a las órdenes del General Guadalupe Victoria. Las fuerzas trigarantes lo recibieron e Iturbide lo cobijó. Santa Anna formaba parte de la comitiva de asesores de los Tratados de la Independencia pero después fue olvidado por un tiempo hasta que, en mayo de 1822, recibió el nombramiento de Brigadier por parte de Agustín de Iturbide quien, quince días más adelante, fue proclamado emperador de México. Santa Anna desplazó a la ciudad capital del Nuevo Imperio y fue testigo de la coronación de Agustín I. Cinco meses después obtuvo el mando de las tropas de Veracruz, comenzó así un periodo de reconocimientos a la sagacidad del militar xalapeño que fueron engrandeciendo, realmente, su personalidad.

Este creciente poder no fue del agrado del emperador, por lo que le retiró todo nombramiento. El Brigadier respondió: “Golpe tan rudo lastimó mi pundonor militar y quitó la venda de mis ojos, vi al monarca en toda su fiereza y me sentí luego alentado para entrar en lucha contra él”. Ahora se rebelaba contra el Imperio. Orientado por su nueva concepción política se unió a las fuerzas de Guadalupe Victoria, una vez más, dado que ambos eran perseguidos por Iturbide. El punto de acuerdo que podía lograr tal conjunción era la propuesta de luchar porque México fuera gobernado por un presidente.

El triunfo de tal grupo, en 1824, le permitió obtener el cargo de Comandante de Yucatán; unos meses después, en 1825, la vicegubernatura de su estado natal. Si durante esos años hubo gente que lo siguió por su valentía a la vez que otros lo criticaron por su oportunismo, a partir de 1829 las autoridades mexicanas y gran parte del pueblo lo llamaron “Libertador de México”, por haber derrotado a un grupo de españoles que quisieron volver a conquistar a los mexicanos. Santa Anna los venció en tierras del norte de Veracruz y sur de Tamaulipas gracias al apoyo militar de Manuel de Mier y Terán y de los pobladores de las huastecas. Así, le rindieron honores en distintas poblaciones, le ofrecieron hasta 1833 en que, por vez primera, fue electo presidente de México.

Pero no todos estaban de acuerdo con él, y en Zacatecas se dio un levantamiento en su contra que personalmente sofocó. Tal triunfo le hizo más poderoso, tanto que se sintió con fuerzas suficientes como para frenar, en 1836, los intentos de los habitantes del estado mexicano de Texas de separarse del resto del país. Partió Santa Anna a combatirlos, pero en San Jacinto fue plenamente derrotado y capturado. Los Texanos ya jamás serían mexicanos y tal decisión fue respaldada por el gobierno de los Estados Unidos de América del Norte.

Los acuerdos que Santa Anna firmo como prisionero de guerra, para salvar su vida y poder retornar a la capital mexicana, no fueron del agrado de muchos compatriotas; por ello, cuando regresó al puerto de Veracruz encontró una oposición creciendo hacia su persona, razón por la que decidió retirarse a su hacienda en Manga de Clavo en espera de cualquier otra oportunidad de aparecer como un hombre necesario a la patria. En realidad muy pronto le permitió hacerse presente cuando en 1838 tropas francesas ocuparon tierras veracruzanas. Santa Anna tomó las armas y organizó tropas y combatió al enemigo. En uno de los enfrentamientos fue herido, debiéndosele amputar la pierna izquierda. Si bien no obtuvo resultados satisfactorios trascendentes contra los extranjeros, los días de los triunfos fueron recordados y se le consideró un héroe, al mismo tiempo que el gobierno mexicano reconoció algunas de las exigencias de los franceses a quienes les ofreció seguridades de pago para que retornarán a su patria. Al término de las hostilidades, Santa Anna volvió a ser presidente de la República y fue conducido en litera hasta Palacio Nacional. Al ver su cuerpo mutilado, esta etapa en su vida política sería la de mayor esplendor.

Para 1844, en octubre, contrajo nupcias por segunda ocasión, justo a los cuarenta días del fallecimiento de su primera esposa, lo que no fue bien visto por importantes grupos de diferentes estratos de la sociedad mexicana. El momento político le era adverso y facilitó el levantamiento de algunos militares que no le eran afectos. Sin mayores dificultades fue hecho prisionero, encarcelado y, en mayo de 1845, expulsado del país.

Llamado por otros militares mexicanos que lo necesitaban, en 1846 Santa Anna regresó al suelo nacional y así, quien el año anterior fue condenado a destierro perpetuo, fue restituido en su título de “Benemérito de la Nación” y reconocido como General en Jefe de todas las Fuerzas Armadas. Su retorno coincidió con la guerra que, en 1847, Estados Unidos declaró a México sin razón alguna. Santa Anna se decidió a combatirlos cuando tierras veracruzanas ya habían sido ocupadas por los invasores. Pocos jefes militares lo apoyaron; peor la gente del pueblo le auxilió con más determinación; gobernadores de otros estados aguardaron a resistir de que los gringos decidieran incursionar por sus regiones.

El Ejército Norteamericano eliminó todos los obstáculos. En las cercanías de la ciudad de México, específicamente e Chapultepec, unos muy jóvenes cadetes del Colegio Militar resistieron a los norteamericanos algunas horas, pero el poderío del ejército invasor era muy superior. El país perdió muchos de sus hijos y más de la mitad de su territorio. Inmediatamente, se buscó y encontró a un culpable: Antonio López de Santa Anna. Una vez más se le desconoció. Pidió un salvoconducto para abandonar el país, logró salir y se estableció en la República de Colombia.

Seis años pasó el general lejos de su tierra; pero, en 1853, por acuerdo de las Legislaturas de las Entidades Federativas de los Estados Unidos Mexicanos, Santa Anna fue nombrado presidente y aceptó la designación. El jefe de su gabinete fue Lucas Alemán y Secretario de Guerra, José María Tornel, quienes en menos de tres meses de gobierno murieron y con ellos cualquier posibilidad de freno para Santa Anna. Fueron esos años los de mayor extravagancia del Xalapeño. Decretó impuestos sobre ventanas, canales, asientos de coches, perros (exceptuando los de los ciegos); decretó colores y cortes en los uniformes de los empleados públicos; creó una policía secreta e incorporaba al ejército a todo aquel que no podía pagar para evitar ser enrolado. Su ambición parecía no tener fin ni límites hasta que surgió un grupo de hombres que representaban intereses diferentes a los que él encabezaba. Así, en el estado de Guerrero, Juan Álvarez y los jóvenes que fueron conocidos como los liberales, se unieron y declararon su acuerdo de luchar contra el dictador. En 1855, Santa Anna fue desterrado y solamente pudo volver al país hasta 1874, dos años después de la muerte del presidente Juárez, para terminar sus días en la ciudad de México, en 1876. Mas con su muerte no terminaron las opiniones encontradas en torno a su figura y hasta el presente motivo de enfrentamientos entre quienes los atacan y quienes lo defienden, tal vez por que lo contradictorio de su persona representa una parte de que fue la vida del país en esa época.

José de Jesús Días

En Xalapa, capital del estado de Veracruz, hay una calle que lleva el nombre de uno de los muchos personajes ilustres que han nacido en esta bella ciudad, y cuyos méritos innegables no han sido ampliamente divulgados. La calle a que me refiero lleva el nombre de Poeta Jesús Díaz.

José de Jesús Díaz fue poeta y periodista, nació en Xalapa en 1809 y murió en Puebla en 1846. El poeta vivió sólo treinta y siete años. Nació en un momento muy importante en la historia de nuestro país, porque en 1810 se inició el movimiento de Independencia, encabezado por don Miguel Hidalgo y Costilla; la lucha duró once años pues fue hasta 1821 cuando España reconoció a México como país independiente. Desde muy joven, el poeta dejó sus estudios y se fue a la ciudad de México a luchar por la Independencia. Sirvió en el Ejército Trigarante de Iturbide.

Fundó el periódico “El Zempoalteca”, publicó algunas de sus obras en “El Mosaico”, “El Museo de México” y en “La Revista Literaria”, entre otras. Ocupó varios puestos: fue Diputado por el Estado de Veracruz y Secretario de Gobierno del mismo. Este puesto también lo desempeño en Puebla, ciudad donde murió.

Como homenaje al poeta una calle del centro de la Ciudad de Xalapa lleva su nombre. Es importante mencionar que se casó con la señorita Covarrubias con quien tuvo tres hijos: Francisco, Juan y José Díaz Covarrubias, huérfanos de padre desde muy pequeños pero apoyados siempre por su madre, lograron hacerse profesionistas. Los tres se desempeñaron de manera muy destacada en su profesión, y en la actividad política Francisco, el mayor de los tres hijos, nació en Xalapa en 1833 y también se trasladó a la ciudad de México. Estudió la carrera de Ingeniero Topógrafo, fue un político liberal y durante el 2° imperio cambió su residencia a Tamaulipas, para no servir a Maximiliano. Cuando se restauró la República (1867) regreso a México y se desempeño como Director General de Caminos de la Comisión Geográfica del Valle de México y Director del Observatorio Astronómico, miembro de la Sociedad Internacional de Astronomía, Embajador en Guatemala y Cónsul en París. También levantó la Carta Geográfica del Valle de México y fijó la posición geográfica de la Ciudad de México. Calculó el eclipse de Sol del 25 de marzo de 1857 y viajó a Japón para observar el paso del planeta Venus por el disco del Sol el 8 de diciembre de 1874. Además escribió un Tratado de Topografía Geodesia y Astronomía, y Nuevos Métodos Astronómicos. Murió en París en 1889.

El segundo hijo, Juan Díaz Covarrubias, nació en 1837. Estudió medicina y fue un destacado político liberal. El 11 de abril de 1859, cuando fue a prestar su servicio médico al campamento de Tacubaya, lo hicieron prisionero y junto con otros jóvenes idealistas fue asesinado. Se les llamó “Los Mártires de Tacubaya”. Juan Díaz Covarrubias también fue novelista y poeta; en 1848 se inscribió en el Colegio de Letrás para estudiar filosofía y latín. Por su obra y por el tiempo que le tocó vivir, es uno de los representantes del Romanticismo y de los iniciadores de la novela histórica en México.

Como un homenaje al mártir, una ciudad del municipio de Hueyapan de Ocampo, al sur del estado lleva su nombre. Es probable que en muchas otras ciudades del estado de Veracruz también lleven su nombre calles, plazas o instituciones. El menor de los tres hijos fue José Díaz Covarrubias, también nació en Xalapa y vivió de 1842 a 1883. Aquí inició sus estudios y los concluyó en México donde se titulo de abogado. Estuvo muy cerca del presidente Benito Juárez y ocupó puestos importantes; fue Diputado al Congreso de la Unión en varios periodos y Ministro de Justicia e Instrucción Pública. Escribió dos obras: La Instrucción Pública en México y un Tratado de Derecho Internacional que sirvió como libro de texto durante varios años. Murió en la Ciudad de México.

José Seferino Gutiérrez Mora

Nació en el puerto de Veracruz el 24 de agosto de 1813. Sus padres fueron José Seferino Gutiérrez Zamora, originario de España, y Juana Gutiérrez de la Concha, criolla y originaria de León, Guanajuato. Sus primeras letras las estudió en la ciudad de Xalapa y después fue enviado a continuar su preparación en los Estados Unidos de América del Norte. Se desempeño como Regidor y como Alcalde de sus ciudad natal. Como militar, alcanzó los grados de Sargento, Teniente, Mayor y Teniente Coronel de la Guardia Nacional. Fue Gobernador del Estado en forma interina, en1856; más tarde, en 1857, fue electo Gobernador Constitucional, cargo que desempeñaba cuando murió, el 21 de marzo de 1861.

Este personaje se distinguió principalmente como militar y como político. Fue un patriota defensor de la nación mexicana ante los ataques del extranjero y un partidario de las ideas liberales para la transformación y el progreso del país. Manuel Gutiérrez Zamora participó al frente de sus tropas, junto con el pueblo veracruzano, en la heroica defensa del puerto de Veracruz, en 1847. Los Estados Unidos de América del Norte le habían declarado la guerra a México con el propósito de apoderarse de una parte del territorio nacional, objetivo que finalmente consiguieron.

Durante la Guerra de Reforma, ofreció protección en Veracruz al Presidente Benito Juárez. Como Gobernador y como Militar, tomó las medidas necesarias para evitar que el puerto cayera en poder de las fuerzas conservadoras. En esta época, se dieron a conocer las Leyes de Reforma. En Veracruz, Gutiérrez Zamora aplicó, por primera vez en todo el país, la Ley de Desamortización de los bienes de la Iglesia.

Es indudable que Gutiérrez Zamora vivió una época de cambios importantes en la vida del país. La nación se enfrentaba a la alternativa de mantenerse atada a los intereses del clero, del ejército y de los poderosos o, por el contrario, pugnar por un Estado laico, separado de la iglesia y una sociedad preparada y dispuesta a las transformaciones económicas, sociales y políticas de esa época. La Constitución de 1857 está a favor de estos cambios y Gutiérrez Zamora, al lado de Juárez, luchó por su vigencia. Las notas siguientes agregan algunos datos de la vida de nuestro biografiado.

Cuando la invasión norteamericana a Veracruz, demuestra el respeto a la bandera de su batallón protegiéndola contra su peche para que no cayera en manos enemigas.

Como Gobernante, cayó en el error de apoyar el Plan de Tacubaya, que desocnocia la Constitución de 1857, pero después gracias a la intervención del General Ignacio de la Llave, rectificó su posición en favor de la legalidad y del gobierno de Benito Juárez.

Para apoyar la defensa de la entidad veracruzana, durante la guerra de reforma, obtiene un préstamo garantizándolo con sus bienes materiales y dispone, además, de sus propios recursos económicos, para la causa.

Pensaba que la instrucción del pueblo era el medio más adecuado para lograr la paz y la libertad. Restableció las escuelas primarias de Veracruz y creó escuelas nocturnas para que los adultos aprendieran a leer; se preocupó por los desvalidos y estableció un hogar para niños huérfanos, ancianos y mujeres indefensas.

Miguel Mata Reyes

El pintor veracruzano Miguel Mata Reyes nació el año de 1814, en Naolinco, población ubicada en la región montañosa central del estado. Su padre fue Capitán de Caballería, de origen español al igual que su madre; la familia era de escasos recursos, Miguel fue hermano de José María Mata, general que formó parte del Congreso Constituyente de 1857.

Miguel Mata vivió su niñez en la entonces Villa de San Mateo Naolinco, cuando ocurrían la guerra de Independencia y las luchas entre federalistas y centralistas, en los inicios de México como nación independiente.

Una vida infantil con acceso a ricas manifestaciones culturales, en una población provinciana de abundantes tradiciones, y un ambiente de reposo y paisaje que debieron influir fuertemente en la sensibilidad de ese niño que, desde temprana edad, daba muestras de talento artístico. El verdor de los parajes serranos así como el murmullo de los arroyos y de la gran cascada de su pueblo, seguramente imprimieron su sello en el espíritu del futuro pintor.

Las comunicaciones entonces eran difíciles; el traslado de Naolinco a la cercana ciudad de Xalapa duraba cinco o seis horas a pie o a caballo, viaje que ahora se hace por carretera en 40 minutos.

El capitán Mata, padre de Miguel, murió en el sitio de San Juan de Ulúa, mediante el cual el Presidente Guadalupe Victoria acabó con la última posición española en Territorio Nacional, en el año de 1825.

Al morir su padre, cuando Miguel tenía once años, pasó con su madre a vivir a Xalapa. Allí comenzó a cultivar aptitudes para el dibujo y la pintura. Acudía a la Academia del señor Aniceto Serrano y al taller de Don Joaquín Rebolledo. Con notables esfuerzos su madre lo envió a la capital de la República en 1830, donde continua sus estudios al lado del Señor Mariano García y más tarde con Don José Antonio Castro, Director de la Academia de San Carlos, escuela de gran prestigio en la que estuvieron famosos artistas de la época.

Los grandes adelantos del joven pintor le valieron para ingresar como pensionado a la referida Academia, en 1837. Dos años más tarde fue nombrado Subdirector de la misma. En 1849, la junta Directiva, considerando la gran dedicación y aprovechamiento mostrados por Miguel Mata, lo nombró director del Ramo de Pintura. Al igual que el país, la Academia de San Carlos atravesaba tiempos difíciles; Mata tuvo que hacer aportaciones económicas personales para sostenerla e impulsar las bellas artes en general. Más tarde, ya como Director de la Academia, se significó por el arreglo de las galerías de escultura, así como por las obras de reconstrucción y ampliación hechas al edificio.

Gran impulsor de la educación artística, Miguel Mata logró atraer destacados extranjeros, entre los que se contó a Pelegrín Clavé y a Eugenio Landesio. Para que la Academia de San Carlos tuviera una fuente de financiarniento propia, el gran artista naolinqueño logró la concesión de una lotería, con la cual se tuvieron recursos que originaron un notable florecimiento de esa Institución.

Por sus merecimientos, obtuvo una beca para vivir en Roma, donde perfeccionaría su formación, y aunque ésa era una de las grandes ilusiones de su vida, decidió no aceptar la beca ante el peligro de que, por la inestabilidad política y económica por la que atravesaba México a mediados del siglo XIX, le fuera suspendida en algún momento y se quedara sin recursos para sostenerse.

Además de pintor e impulsor de las bellas artes, Miguel Mata se distinguió por su generosidad; frecuentemente hacía aportaciones para ayudar a enfermos y a lesionados en temporadas de guerra o de epidemia.

Entre sus obras más notables se cuentan las copias hechas a pinturas de grandes artistas, en las que reproducía magistralmente la técnica y el colorido. Pintó numerosos retratos de personajes de la época, como el del Presidente Antonio López de Santa Anna. Pintó, además, un buen número de lienzos en los que denotó originalidad de pensamiento y extraordinaria habilidad en la composición.

Sus biógrafos y críticos hablan de su laboriosidad. Alguien expresó que: “Sus obras exponen siempre un plan de reposadas líneas, de tersa ejecución y de colorida calma”. Mata fue un hombre dotado de gran sentido de organización y sensibilidad urbanística. Con sus propios recursos y con la ayuda de los vecinos promovió el arreglo de varias calles y plazas de la Ciudad de México. Allí, en la capital, llegó a ser Regidor del Ayuntamiento.

De sus obras, pocas se han podido identificar hoy, ya que en un gesto de modestia decidió no firmarlas. En el actual Instituto Nacional de Bellas Artes se conserva un autorretrato suyo.

Miguel Mata murió en la Ciudad de México, en 1876.

Ignacio de la Llave

El pueblo de Orizaba resentía los efectos de la revolución por lograr la Independencia. Sus campos y su industria eran la viva expresión de la falta de recursos, productos, bienes y brazos. El Movimiento Insurgente se perfilaba hacia su etapa de negociación final. Fue el 26 de agosto de 1818 cuando, en la ciudad de Orizaba, nació Ignacio de la Llave, hijo del Coronel Don Manuel de la Llave y de Doña Luz de Segura Zevallos, cuya ascendencia provenía de la provincia de Santander, España. Ignacio tenía escasos tres años cuando la región de Orizaba se convirtió en el escenario de la negociación de nuestra independencia con la firma de los Tratados de Córdoba, en agosto de1821.

Ignacio de la Llave estudió en el Colegio Nacional de Orizaba, internado que recién había inaugurado su padre, en 1825, en calidad de alcalde primero. Fue alumno externo, es decir, no vivió en internado, e hizo aquí todos sus estudios hasta graduarse en jurisprudencia. Joven bromista, inquieto e inteligente, el historiador Don Leonardo Pasquel lo describe así: “Delgado y alto, desgarbado y pienilargo, distraído y ágil, Nacho, como lo llamaban, era muy dado a excursionar por los alrededores”. Como buen jinete, se internaba en veredas y barriales hasta las haciendas de Jalapilla, Cuautotolapan, o El Sumidero; de vacaciones se iba a la hacienda de San José del Corral, que era de su familia.

El desarrollo de la vida de Ignacio de la Llave corre paralelo a todas las vicisitudes de los primeros años del México Independiente, por ello, desde muy joven hubo aconteceres que le llamaron su atención e hicieron que germinara en él su pensamiento liberal y su humanismo. Conviviendo con los políticos e intelectuales de la época, tanto familiares como amigos, conoció de los intentos de la primera reforma de don Valentín Gómez Farías, de la Guerra de Texas (1833), de la Guerra de los Pasteles en 1838, cuando de la Llave tenía apenas veinte años de edad.

En esta época de nuestra historia, la nación se debate entre asonadas militares, pugnas entre liberales y conservadores y la presencia de Antonio López de Santa Anna, personaje con quien Ignacio de la Llave establece una confrontación permanente.

En esta situación, como primer compromiso al obtener su mayoría de edad, se afilió al Partido Liberal, aún bajo la oposición de familiares y ante los riesgos que tal determinación significaba para él y sus seres queridos, actitud que ponía de manifiesto al hombre de temple que escogía el sendero escabroso de un revolucionario. Recién titulado de abogado, a los 23 años, fue nombrado Juez de la Villa de Orizaba, puesto que lo involucro con el aparato gubernamental y que le hizo sentir diferencias con la política de Santa Anna. Entre 1842 y I843 vivió en la ciudad amurallada de Veracruz, donde acrecentó sus ideas liberales a tal grado que en el año de 1844, cuando el General Mariano Paredes Arrillaga inició un levantamiento en contra de Santa Anna, Ignacio de la Llave se incorporó al movimiento en calidad de Subteniente “Defensor de las leyes”, de la Guardia Nacional Orizabeña. Separado del poder, Santa Anna no olvidará lo que para él era un agravio del veracruzano. La popularidad y el prestigio que De la Llave alcanzara entre los veracruzanos le valió que lo eligieran Diputado al Congreso del Estado y es en esta época cuando se distingue como defensor de la patria ante la invasión norteamericana en 1847. Participa valientemente en la defensa del puerto de Veracruz y se mantiene como activo guerrillero luchando contra el invasor en la Zona Central Veracruzana, hasta que se firma el armisticio. El 2 de febrero de 1848 se firman el Tratado de Paz, Amistad y límites, Tratado de Guadalupe Hidalgo.

Terminada la injusta guerra con los Estados Unidos, Ignacio de la Llave concluye su gestión como Diputado Local firmando la Constitución Política del Estado. Entre los años de 1852 y 1853, fue electo nuevamente Diputado Local por su Distrito y ya ostenta, por méritos en campaña, el grado de Coronel.

En esta época, al regresar al país el General Santa Anna para desarrollar su último episodio político como dictador de México, Ignacio de la Llave es perseguido y aprehendido en Coatepec y deportado a Yucatán. A su paso por Xalapa, sus amigos los liberales le facilitan la fuga y se incorpora de inmediato a la Revolución de Ayutla, comandada por Don Juan Álvarez, quien lo nombra Jefe de la Revolución en el Estado de Veracruz. Al triunfo del movimiento contra Santa

Anna, Ignacio de la Llave es nombrado General y en agosto de 1855 se hace cargo del mando político como Gobernador; en su breve mandato tomó determinaciones como las siguientes: Nombró Alcalde del puerto de Veracruz a Don Manuel Gutiérrez Zamora, redujo los impuestos a las clases desposeídas y dispuso la apertura de todas las escuelas primarias que habían sido cerradas por órdenes de Santa Anna, ordenó crear planteles nocturnos, dispuso que la enseñanza fuera gratuita y obligatoria, organizando en cada cantón juntas Directivas, derogó alcabalas y legisló para la administración de justicia, derogó la ley santanista que coartaba la libertad de imprenta.

Cuando en 1857, Ignacio Comonfort es elegido Presidente de México, nombra a Ignacio de la Llave como Secretario de Gobernación, pero pronto renuncia al importante puesto. Ocurre que la Constitución de 1857, formulada por los liberales triunfantes, afecta los intereses del clero político, de los militares y de los poderosos. Los conservadores deciden desconocer a la Constitución y cuentan para ello con la complicidad del propio Presidente de la República. Ignacio de la Llave es un liberal sin tacha y es por esta razón que renuncia a colaborar con Ignacio Comonfort para después unirse a Juárez, en defensa de la Constitución, en la llamada Guerra de Reforma.

Durante los tres años (1858-1860) que duró la guerra civil, Ignacio de la Llave se distingue militarmente como Jefe de la División de Oriente. Derrota, por ejemplo, a mil quinientos soldados conservadores en Jamapa, con tan sólo cuatrocientos soldados a su mando; y por su arrojo es herido en la cara durante la batalla naval de Antón Lizardo. En esta época, el puerto de Veracruz es asiento de los poderes federales, de modo que Ignacio de la Llave tiene contacto y es reconocido en sus méritos por Juárez y la plana mayor de los liberales.

Al concluir la Guerra de Reforma, De la Llave acompaña a Juárez, a principios de 1861, a la ciudad de México en calidad de Ministro de Guerra y Marina, nombrado por el propio Presidente Juárez, ministerio que abandona para hacerse nuevamente cargo del Gobierno de Veracruz.

Como Gobernador de Veracruz, muy poco dura su mandato, pues nuevamente la desgracia se hace presente en la Nación Mexicana. Al iniciarse la invasión francesa, toma el mando como Jefe de la Primera División bajo las órdenes del General Zaragoza; De la Llave está presente en Puebla el 5 de mayo cuando el ejército derrota a los franceses; dos meses después, en julio de 1862, es herido en las inmediaciones del Cerro del Borrego.

Reincorporado al ejército de la República, resiste al ataque francés como Jefe de la División de Infantería. Después de sesenta y tres días de sitio, el Ejército Mexicano capitula; pese a la oposición de Ignacio de la Llave, la plaza de Puebla es entregada a los franceses, en cuerda de prisioneros, camino al destierro, fueron acuartelados en Orizaba, donde el general De la Llave promueve su huida junto con los Generales Pattoni y González Ortega. En la población de Tulancingo, se enteran que el Presidente Juárez abandonó la ciudad de México y se dirige al norte del país. Después de un penoso peregrinar, llegan a Guanajuato el 12 de junio de 1863. Su urgencia es alcanzar al Presidente de la República que se encontraba en San Luis Potosí, por lo tanto salen al día siguiente con una escolta que les proporciona don Manuel Doblado, Gobernador de Guanajuato. A poco andar la escolta se subleva para robarles e Ignacio de la Llave es gravemente herido por la espalda. En improvisada camilla, es trasladado a la Hacienda de Barrio donde finalmente deja de existir en las primeras horas del 23 de junio de1863. El cadáver de Ignacio de la Llave es llevado a la ciudad de San Luis Potosí, donde es sepultado con las honras fúnebres que merecía su cargo. En Veracruz, la noticia conmociona al pueblo y gobierno y, para honrar su memoria, el Gobernador del Estado, C. Francisco Hernández y Hernández, promueve la expedición de un decreto (10 de julio de 1863) que lo declara Benemérito del Estado y que prescribe que “El Estado de Veracruz se llamará en lo sucesivo Veracruz-Llave”.

Salvada la República y con el país en paz, los restos del Licenciado y General Ignacio de la Llave fueron exhumados y trasladados de San Luis Potosí al panteón de Orizaba, Veracruz, en 1869. En su tumba, una columna custodia los restos del Benemérito del Estado, por haber muerto defendiendo la autonomía nacional.

Xalapa ha sido cuna de un gran número de hombres notables cuyas obras han dado prestigio y honra no sólo a su ciudad natal, sino también al Estado de Veracruz y a México entero. Uno de esos hombres ilustres es, sin duda, el Doctor Rafael Lucio.

Dr. Rafael Lucio Najera

Nació en Xalapa, el 2 de septiembre de 1819. Su padre, don Vicente Lucio, y su madre, doña Gertrudis Nájera, provenían de familias no ricas pero sí con suficientes recursos para vivir con comodidad.

Rafael Lucio quedó huérfano de padre a muy temprana edad, inició sus estudios en Xalapa, y, más tarde, cuando su señora madre se casó por segunda vez, la familia fue a radicar a la ciudad de San Luis Potosí. Allí continuó su escolaridad y afloró su vocación por la medicina.

En 1838, se inscribió en el Establecimiento de Ciencias Médicas, en la Ciudad de México. Cursó toda su carrera con notable éxito y en 1842 obtuvo su título de Médico, después de haber sustentado brillante examen profesional. Meses después, cuando el joven médico contaba apenas con veinticuatro años, fue designado Director del Hospital de San Lázaro en la propia capital de la República, cargo que desempeñó durante diecisiete años siempre con gran dedicación, eficiencia y sentido humanitario.

Durante su permanencia en el Hospital de San Lázaro se dedicó con apasionado entusiasmo al estudio e investigación de una enfermedad que era muy frecuente entre los pacientes que asistían a esa Institución, y que en ese tiempo se le conocía con el nombre de “Mal de San Lázaro” o “Elefantiasis de los Griegos”; la enfermedad se manifestaba primero con manchas rojizas y ardorosas en la piel, más tarde cambiaban a un color rojo vino y finalmente se convertían en ulceraciones. El Doctor Rafael Lucio dio a este mal el nombre de “Lepra manchada”.

En 1851, dio a conocer a la Academia Nacional de Medicina sus observaciones e investigaciones acerca de esta enfermedad.

Su trabajo fue tan claro y completo que sirvió de base y motivación para que otros médicos notables, como Latapí y Faget, continuaran la investigación en busca de la cura para este terrible mal, objetivo que se logró en este siglo en la década de los años cuarenta. En reconocimiento a la valiosa aportación del Doctor Rafael Lucio, la enfermedad recibió el nombre de “Lepromatosis Difusa de Lucio y Latapí”.

Durante toda su vida, este gran hombre de ciencia se dedicó al estudio de la medicina. En 1855 y en 1868 viajó a Europa para estudiar los avances de la ciencia médica en aquellos países. A su regreso, en ambas ocasiones, puso en práctica y difundió con gran generosidad lo que había aprendido, especialmente en cirugía y todo lo relacionado con ella. Las reformas que introdujo en este campo representaron un notable avance de la práctica médica en nuestro país.

El Doctor Rafael Lucio fue durante mucho tiempo Catedrático en la Escuela de Medicina. Además de su sabiduría y de su vasta experiencia, mostraba en sus clases gran facilidad de expresión y notable claridad en sus exposiciones; a ello habría que agregar su sencillez en el trato, su bondad y su intachable moralidad, cualidades todas que hacían de él un maestro ejemplar.

En la práctica privada de la medicina era ampliamente reconocido su altruismo, su sentido humanitario. Atendía con el mismo esmero y dedicación a todos sus pacientes sin importarle la clase social a la que pertenecían o si tenían o no medios económicos para pagar sus honorarios.

Entre sus colegas, gozaba de mucho prestigio y reconocimiento, por ello, con frecuencia lo requerían para conocer su opinión en casos de difícil diagnóstico, y siempre obtenían de él una respuesta sabia y generosa. El Doctor Rafael Lucio hizo de su profesión de médico un verdadero apostolado de servicio, ayuda y alivio para todo aquel que lo necesitaba; y como respuesta la gente le entregó su cariño y su respeto.

El 30 de mayo de 1886, a la edad de 66 años, murió en la Ciudad de México; su cadáver fue sepultado en el Panteón del Tepeyac, donde reposaban los restos de su señora esposa.

En reconocimiento a sus altas virtudes como hombre y ciudadano, y a su meritoria obra como Médico y Científico, en la Ciudad de México se le erigió una estatua en el Paseo de la Reforma y un busto en la Escuela Nacional de Medicina. Décadas más tarde, se le dio su nombre a una de las calles de la Colonia de los Doctores.

El pueblo veracruzano, para honrar la memoria de tan ameritado xalapeño, ha dado el nombre del Doctor Lucio a una de las principales calles de su ciudad natal, a una colonia de la propia ciudad y a un municipio vecino y su cabecera municipal antes llamada San Miguel el Soldado.

Recientemente, se puso en servicio en Xalapa un Centro de Especialidades Médicas que también lleva el nombre de este eminente doctor, Ilustre Xalapeño y distinguido veracruzano.

Juan de la Luz Enríquez

Nació en Tlacotalpan, el 16 de mayo de 1836; murió el 17 de marzo de 1892. Sus padres fueron el señor Camilo Enríquez y la señora Tranquilina Lara, ambos de buena posición económica. Sus primeros estudios los realizó en el colegio particular del Profesor Santiago Moreno; ingresó al Colegio Militar de Chapultepec en 1853 y al egresar se incorporó al Ejército Republicano. Se casó con la Tlacotalpeña María de Jesús Lagos, con quien procreó 12 hijos. Como militar, alcanzó el rango de General de Brigada; como miembro de la masonería, logró la más alta jerarquía, el Grado 33; como político, llegó a ser Gobernador del Estado de Veracruz. Juan de la Luz Enríquez defendió la soberanía nacional, luchó en favor de la República Federal y gobernó para dar a su pueblo mejores condiciones de vida.

El 17 de marzo de 1892, Juan de la Luz Enríquez murió en la ciudad de Xalapa, en pleno ejercicio de sus funciones como Gobernador del Estado. La muerte de este gobernante causó un gran impacto en la sociedad veracruzana. En su funeral, ejército, la masonería, los representantes de diversos ayuntamientos y más de cinco mil personas, en la Xalapa de esa época, se sumaron al cortejo.

El reconocimiento y el homenaje a Enríquez no se hicieron esperar. La Legislatura lo declaró Benemérito del Estado; el Ayuntamiento de Xalapa solicitó a la propia Legislatura que la ciudad llevara el nombre de Xalapa-Enríquez; los alumnos de la Escuela Normal acordaron conservar vivo el recuerdo de su fundador, conmemorando año tras año la infausta fecha de su muerte: ¡Tributo cumplido por más de un siglo! A la fecha, el pueblo veracruzano sigue todavía honrando la memoria de Juan de la Luz Énríquez: escuelas, plazas, calles, colonias y comunidades llevan su nombre.

¿Qué hizo Juan de la Luz Enríquez para merecer estos honores? ¿Cuáles fueron sus obras? ¿Qué méritos tuvo?

Esta es la respuesta: fue un soldado que defendió a la Patria y a la República; fue también un liberal veracruzano que como gobernante benefició grandemente a Veracruz.

La vida de Juan de la Luz Enríquez: el soldado republicano y liberal

La existencia de Enríquez se inscribe en una etapa turbulenta de la historia de México; pero no sólo es testigo sino actor importante.

En 1855, egresado del Colegio Militar, se agrega a las fuerzas que luchan contra la República Centralista impuesta por Santa Anna. Sus primeros combates los tiene en el estado de Michoacán; participa en la toma de la plaza de Puebla y también en la acción de Ocotlán, en donde las fuerzas de la dictadura son derrotadas. La República Federal triunfa y se impone el centralismo.

Tres años más tarde, la nación vuelve a dividirse: la Constitución de 1857 pugna por un país moderno, instruido, democrático y libre. Los liberales apoyan esta constitución, pero los conservadores, el alto clero, la casta militar y los grandes propietarios, la desconocen. Empieza así la Guerra de Reforma. Juan de la Luz Enríquez de nuevo toma las armas y defiende las ideas liberales al lado de Juárez, Altamirano, González Ortega, Porfirio Díaz e Ignacio de la Llave.

A fines de 1860, tras una lucha sangrienta, los conservadores son derrotados en Calcualpan.

El triunfo liberal se consuma!

Transcurren apenas dos años y Francia invade México con el pretexto de la suspensión del pago de la deuda extranjera. Los conservadores aprovechan esta situación e instalan apoyados en las bayonetas francesas, un Emperador Extranjero: Maximiliano de Habsburgo. Juan de la Luz Enríquez defiende ahora la soberanía nacional y la República; participa del triunfo con Ignacio Zaragoza en la batalla del 5 de mayo en 1862 y lucha contra el Imperio al lado de Porfirio Díaz, Manuel González y Jesús González Ortega.

Derrotadas las fuerzas del Imperio, en Querétaro, triunfa otra vez la República y en el Cerro de las Campanas son fusilados Maximiliano, Miramón y Mejía.

La carrera militar de Juan de la Luz Enríquez llega casi a los treinta y seis años de servicio.

Asciende desde aspirante de 2da. clase de marina hasta General de Brigada. En estos años, todos ellos difíciles, el General Enríquez conoce triunfos y derrotas; es hecho prisionero cuatro veces y, herido en batalla en diferentes ocasiones, pero vuelve siempre al combate: Enríquez es patriota, republicano y liberal sin tacha.

Juan de la Luz Enríquez, el gobernante. Las elecciones efectuadas en Veracruz en 1884, lo designan Gobernador del Estado, quien inspira su gobierno en las ideas liberales. Por principio, su preocupación está en esta vida terrenal; por lo tanto, se interesa en mejorar las condiciones de trabajo, de tránsito, de educación; es partidario de un Estado de Derecho, laico y separado de la Iglesia.

Enríquez el Gobernador abre caminos y construye puentes, elimina las alcabalas, erige hospitales, apoya la administración de justicia, introduce el alumbrado en varias comunidades, mejora instalaciones portuarias, resuelve problemas de límites con los estados vecinos, reparte tierras, introduce agua potable, apoya a la industria, crea los Talleres Gráficos del Estado, funda penitenciarías con el propósito reeducar al delincuente, traslada los poderes del Gobierno del Estado de la ciudad de Orizaba a la de Xalapa, etc.

Sería cansado enumerar obras y beneficiarios pues el gobierno de Enríquez favoreció tanto a ciudades importantes del Estado de Veracruz: Córdoba, Orizaba y Tuxpan, cuanto a comunidades pequeñas como Aguasuelos, Zongolica, Ozuluama y Naolinco.

La obra material que consumara el Gobernador Enríquez es definitivamente importante para el Estado de Veracruz que tiene en esa época menos de setecientos mil habitantes en todo su territorio. La realización más valiosa de Enríquez el Gobernador no está, sin embargo, en la obra material; su legado más trascendente está en su obra educativa: la creación de la Escuela Normal Veracruzana y de las Escuelas Cantonales, cimientos de la educación popular de Veracruz.

Pese a la preocupación de gobiernos anteriores a Enríquez, Veracruz tiene en aquellos años el 85% de analfabetismo. Apenas ciento cuatro mil hombres y mujeres saben leer y escribir; en tanto que, quinientas noventa y dos mil personas no saben escribir su nombre.

Para Enríquez está claro que la escuela es contraria al fanatismo, a los prejuicios y a la ignorancia y que, la educación popular, es condición de mejoramiento social y personal. ¡Por eso decide apoyar a la escuela elemental!

Con la ayuda del Maestro Enrique Laubscher, crea la Academia Normal de Orizaba a la que debían de asistir profesores empíricos de diversas partes del estado para que, una vez finalizados los cursos, regresaran a sus escuelas a poner en práctica los nuevos métodos aprendidos. En ese mismo año, el Gobernador Enríquez expide un decreto creando instituciones públicas de educación popular: Las dieciocho Escuelas Cantonales. Para complementar su obra educativa con la colaboración del propio Laubscher y del maestro Enrique C. Rébsamen, crea la Escuela Normal del Estado cuya inauguración ocurre el 30 de noviembre de 1886.

A partir de este momento, la política educativa y los métodos pedagógicos aplicados en Veracruz, sirvieron de modelo para otros estados de la República, que organizan la escuela elemental o la educación normal bajo la dirección del maestro Rébsamen o de profesores recién egresados de la Escuela Normal. ¡Veracruz ejerce en ese momento rectoría pedagógica en la educación popular de México!.

En las circunstancias actuales, Juan de la Luz Enríquez es un ejemplo como soldado defensor de la Patria, de la República Federal y de un Estado de Derecho; y es también un ejemplo de gobernante que benefició al pueblo veracruzano con entrega y con honestidad.

Sebastián Lerdo de Tejada

Nació el 25 de abril del año de 1843, en la bella ciudad de Xalapa, Capital del Estado de Veracruz. Su padre, el comerciante español Juan Antonio Lerdo de Tejada, originario de Muro de Cameros, provincia de Valladolid, España, llegó a México a finales del siglo antepasado, junto con su hermano Ignacio, sacerdote jesuita de gran prestigio académico, orador y literato; su madre, la Señora Concepción del Corral y Bustillos, fue la hija de Don Miguel del Corral, quien provenía también de España, de una vieja descendencia arraigada en las montañas de Santander. El matrimonio formado por Juan Antonio y Concepción procreó ocho hijos. Casi todos nacieron en el puerto de Veracruz. Como muchos comerciantes de la época, temerosos de las epidemias del cólera y el intenso calor, se trasladaron a la ciudad de Xalapa, en la cual nació Sebastián.

La proximidad con la familia Santa Anna forjó entre ambas estrecha amistad. Esta

circunstancia favoreció mucho a los Lerdo en sus aspiraciones políticas, pues Don Antonio López de Santa Anna sería Presidente de México en reiteradas ocasiones.

La situación del pequeño Sebastián, inmerso en una familia de origen español, acomodada económicamente, con una herencia intelectual por ambas ramas de parentesco y en una ciudad de múltiples actividades culturales, políticas y sociales, como lo era y es la ciudad de Xalapa, permitía sospechar el éxito personal que tendría este niño en un futuro no lejano.

Desde niño, Sebastián mostró cualidades intelectuales sobresalientes en la escuela, en donde obtuvo altas calificaciones. Por su facilidad de expresión, a menudo le solicitaban participar en actos públicos y festividades; habilidad que más tarde proyectará como Servidor Público de la nación.

Sus primeros estudios los realiza en Xalapa. Con el sacerdote Francisco Ortiz de Loza estudia gramática. Posteriormente, obtiene una beca en el Seminario Palafoxiano de la Ciudad de Puebla, en donde se recibe en las órdenes menores. Sin embargo, renuncia a la carrera eclesiástica para trasladarse a la Ciudad de México (1841) e ingresar al Colegio de San Ildefonso, donde más tarde, obtiene el grado de Bachiller y el título de abogado.

Desde el año de 1849, el joven Sebastián es maestro de la asignatura de Artes en el Colegio de San Ildefonso.

En el periodo que va de 1852 a 1863 es Rector del Colegio. De ahí, es nombrado Fiscal de la Suprema Corte, en 1855, por el General Antonio López de Santa Anna.

En su formación profesional dedicó largas horas al estudio, y al paso del tiempo se

convirtió en un vigoroso intelectual en el estudio jurídico, lo cual le permitió sobresalir como abogado, siendo un perspicaz observador de la realidad social y un excelente retórico en la defensa de sus clientes. Estos atributos personales le permitieron ingresar al Partido Liberal, en el que Miguel, su hermano mayor, ocupaba un lugar destacado. Por esas fechas, Miguel era Presidente del Ayuntamiento de México.

La brillante participación de Sebastián en la política hizo que formara parte del Gabinete Presidencial de Ignacio Comonfort; desde allí, se opone a las pretensiones del Ministro norteamericano, john Forsyth, en el sentido de que México cediera territorio nacional y contratos de tránsito en favor de Estados Unidos. Su convicción nacionalista encuentra en estos hechos la oportunidad de manifestarse, así como también su carácter y su fuerza de voluntad política.

Las Leyes de Reforma, obra de su hermano Miguel y en la que Sebastián participa, lo hacen destacar en el Partido Liberal e influir en la conformación política de los mexicanos. Éstas leyes prohibieron a la iglesia la posesión de bienes raíces, suprimieron los fueros de los militares y de los sacerdotes, establecieron la educación laica, la libertad de prensa y de reunión, y autorizaron a los sacerdotes y monjas a renunciar a sus votos.

La indecisión política del Presidente de la República Ignacio Comonfort, ante las presiones de conservadores y liberales, fue un factor determinante para que Sebastián, con evidente agudeza política, renunciara a su puesto en el Gobierno de la República. Sus recomendaciones al Partido Liberal de apoyar con decisión la Constitución de 1857 no encontraron eco en Comonfort, el cual finalmente cede el poder al conservador Zuloaga. Entonces se inicia la llamada Guerra de Tres Años, etapa en la que destaca la figura recia, austera y decidida de Benito Juárez, quien finalmente asumirá el poder. Durante la Guerra de Tres Años, Lerdo permanece alejado de la política y regresa a la Rectoría del Colegio de San Ildefonso. Más tarde es nombrado Diputado al Congreso de la Unión. En una reunión parlamentaria, toma la palabra, y con expresión llana, franca, serena y, sobretodo, con conocimientos teóricos, calma las pasiones desencadenadas en la Asamblea en la cual se debate acerca de los crímenes de que fueron víctimas Melchor Ocampo, Santos Degollado y Leandro Valle. Después de esta intervención, es nombrado Presidente de la Cámara, la cual lo reelegirá en tres ocasiones.

Desde su puesto, observa con tristeza, al igual que muchos mexicanos, la invasión a nuestro país ordenada por Napoleón III Rey de Francia. Da inicio la intervención francesa, apoyada por los conservadores que aspiraban a que un soberano europeo para que nos gobernara.

Sebastián, como líder y como hombre inflexible y tenaz en sus convicciones se mantiene firme en la defensa del país.

A la caída de la ciudad de Puebla en manos de los invasores franceses, Sebastián Lerdo de Tejada es nombrado Ministro de Justicia en el Gobierno de Benito Juárez. En esta peregrinación política, para no caer en las manos de los invasores y mantener el Gobierno Nacional, Lerdo se transforma en el hombre de confianza de Juárez. Dos hombres tan distintos se unen en propósitos e ideales. Uno es humilde e indígena; el otro, criollo aristócrata. Pero ambos son la esperanza de México ante la atrocidad del gobierno francés y la colaboración de un grupo de mexicanos que apoyan al archiduque austríaco Maximiliano de Habsburgo, para reinar en México por encima de las leyes de este país, de sus ideales y de su forma de vida. Ambos se comprometen y se complementan.

Sus caracteres de hierro en la defensa de la patria y los sacrificados esfuerzos que desplegaron al lado del pueblo de México culminaron en el triunfo republicano sobre los conservadores. El fusilamiento de Maximiliano y de los traidores a la patria fue una decisión de Juárez que apoyó Lerdo con la ley en la mano. Al triunfo de la República, redacta la convocatoria para nuevas elecciones. El voto de los mexicanos favoreció a Benito Juárez para que ocupara la Presidencia y a Sebastián Lerdo de Tejada para desempeñarse como Vicepresidente. Meses después, Benito Juárez, la gloria nacional de ayer y hoy, muere víctima de angina de pecho. Sebastián lo sustituye como Presidente Interino, cumpliéndose así su anhelo de gobernar a su país. En el año de 1872, Lerdo gana las elecciones y se convierte así en Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, enalteciendo con ello al estado de Veracruz y, particularmente, a Xalapa, su lugar de nacimiento.

A los cincuenta y tres años, con inteligencia, con elevados conocimientos y experiencia política, pero sobre todo con su gran calidad humana, Sebastián encarna al hombre ideal para gobernar a un país sediento de paz y de progreso.

Durante su mandato, se elaboran los primeros programas de gobierno. La pacificación del país se inicia. Se construye el “Ferrocarril Mexicano” que une la ciudad de México con Veracruz. Las Leyes de Reforma se integran a la Constitución. Se inicia la explotación de los recursos del mar para lo cual se adquieren pequeños barcos.

Terminado su periodo presidencial, Don Sebastián Lerdo de Tejada se deja guiar por el deseo de reelegirse. Este hecho origina que Porfirio Díaz, militar destacado y hombre de ambición política, proclame el Plan de Tuxtepec, en el cual desconoce al Presidente Lerdo de Tejada.

Las tropas del gobierno son derrotadas en Tecoac el 16 de noviembre de 1876, hecho que le permite a Díaz entrar triunfante a la Ciudad de México. Lerdo, por su parte, se dirige a Acapulco para más tarde, en 1877, dirigirse a los Estados Unidos e instalarse en Nueva York con Mariano Escobedo y Pascual Romero Rubio.

El exilio acentuó en él la nostalgia por su tierra natal y por su país, su melancolía se hizo mayor pero sin perturbar su espíritu indomable, su orgullo férreo y su decisión de ofrendar su vida por su país. Sebastián Lerdo de Tejeda supo cumplir con su patria hasta que la muerte lo liberó de su amargo destierro el 21 de abril de 1889. A su muerte, su cuerpo es trasladado a la Ciudad de México, donde se le rindieron los honores que a los héroes se les brindan, y sus restos fueron colocados en la Rotonda de los Hombres Ilustres.

Sebastián Lerdo de Tejada, xalapeño, veracruzano y mexicano a la vez, es un ejemplo de esfuerzo, de talento, de valentía y de honradez.

Rafael Delgado

Cerca de la ciudad de Orizaba, Ver. , Rodeado de un paisaje verde como la esmeralda, se encuentra un poblado que lleva el nombre de Rafael Delgado, para que no se borre de la memoria el de un ilustre veracruzano. Él no fue soldado heroico, ni ejemplar gobernante, ni destacado luchador social, mas su nombre es reconocido con respeto y admiración en México y en el extranjero porque fue uno de los mejores escritores mexicanos del siglo XIX.
Rafael Delgado nació el 20 de agosto de 1853, en Córdoba, Ver. , Ciudad que ha sido cuna de talentosos hombres de letras, desde la época colonial hasta el siglo XX, como el Jesuita Agustín Pablo de Castro, Jorge Cuesta, Rubén Bonifaz Nuño y Emilio Carballido, entre otros. Pero Rafael no vivió mucho tiempo allí pues sus padres, que eran personas acaudaladas, muy católicos y de ideas conservadoras, apoyaban al grupo de Santa Anna, por lo que al crecer el movimiento liberal en Córdoba tuvieron que trasladarse a Orizaba, donde nuestro personaje pasó la mayor parte de su vida. Sin embargo como era gran admirador de la exuberante vegetación cordobesa, en sus novelas Delgado bautizó a su tierra nativa con el nombre de Villaverde y le dedicó hermosas páginas en las que describe la belleza de su paisaje. En la mitad del siglo XIX, la lucha entre liberales y conservadores había provocado una profunda inestabilidad política y económica que arruinó a muchas familias ricas, entre ellas la Familia Delgado Sáinz, que pasó a ser de clase media. Esas pugnas entre liberales masones y católicos conservadores, así como las diferencias entre los ricos porfiristas y la clase media, recreadas con gran fidelidad en su novela “Los Parientes Ricos”. Porque el cordobés de quien hablamos fue un escritor realista y costumbrista; su pluma fue como una cámara fotográfica que mostró sin falsedad a los veracruzanos de aquella época, ricos y pobres, buenos y malos, hombres y mujeres, sus costumbres, su modo de hablar, sus sentimientos; por ejemplo, las escenas de un velorio en la novela La Calandria: “Los preparativos consistían en proveerse de pan, bizcochos, azúcar, café y de algunas botellas de aguardiente añejo, del mejor, para obsequiar, de media noche en adelante, a los doloridos asistentes. Gran parte de los veladores, hombres y mujeres, distraían los fastidios y tristezas del velorio con animados juegos de estrado. Como “El Florón”, juego insulso y de memos, sucedió el “Corre Conejo”, que es de los mas pecaminoso.

Rafael Delgado fue un hombre muy instruido y aunque se educó casi totalmente en Orizaba, por medio de los libros conoció a los más grandes escritores europeos, ya que sabía inglés, francés e italiano. Estudió la preparatoria y la carrera de profesor en el Colegio Nacional de Orizaba, de donde fue Catedrático de Literatura e Historia durante dieciocho años. En 1884, decide México para continuar con su carrera literaria. Su fama de escritor llega hasta Europa ya que es nombrado miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Sin embargo, su situación económica era difícil, por lo que retorna a Orizaba para continuar con sus cátedras. En1901, invitado por el Gobernador del Estado, imparte las clases de Español y Literatura en Xalapa durante ocho años.
Su amigo el novelista José López Portillo y Rojas, Gobernador de Jalisco, invita a Rafael Delgado a dirigir el Departamento de Educación de aquel Estado. Se desempeña algún tiempo en esta función pero, en 1913, su viejo padecimiento de artritis lo obliga a retornar a Orizaba.

Aunque en su juventud fue de aspecto agradable, pulcro en el vestir, cabello y bigote rubios, ojos claros y muy católico pero no fanático, nunca se casó. En su vejez su carácter afable se tornó hosco. Fumador empedernido, buscó en el vino el consuelo a sus penas. Afectado de una enfermedad bronquial, lo agrava la depresión causada por la invasión norteamericana a Veracruz y muere en Orizaba en 1914.

Rafael Delgado fue un provinciano que amó profundamente su terruño. En sus poemas, cuentos y novelas inmortalizó a Orizaba con el nombre de Pluviosilla, nombre otorgado por lo frecuente de sus lluvias:
Como pintor de trazo elegante y preciso, Rafael Delgado dibujó con maestría el perfil del paisaje mexicano y describió como si fueran bodegones las ricas viandas de la típica cena de nochebuena veracruzana:

“Allí la ensalada del día, multicolor e incitante, donde crece la verde lechuga inverniza, los gajos de naranja tempranera y las rodajas de alabastrina jícama, ardía la doble púrpura de las remolachas sanguinosas; allí el bobo, de los ríos veracruzanos, sueño de gastrónomos y platillo de reyes; allí las gelatinas limpísimas ocultando en el centro ramos frondosos de azahar; allí el pavo relleno, engalanado con picadillo de huevo y perejil, allí la lengua roja, cortada en lonjas y extendidas”.
Aunque en algunos de sus cuentos y novelas, Rafael Delgado revela su admiración por el emperador Maxirniliano (a quien llama Príncipe) y su simpatía hacia los conservadores, esta posición ideológica no le resta mérito a sus excelentes dotes de observador crítico de la sociedad en la que vivió.
Delgado fue un solterón empedernido que vivió siempre consagrado a una gran pasión: la literatura. Leyó mucho, escribió buenos libros y, como maestro, durante casi treinta años, difundió el conocimiento del idioma español; su dominio excelente del realismo y del costumbrismo lo igualan con los mejores escritores de España y Francia. Hoy, a más de ochenta años de su muerte, se siguen publicando los poemas, cuentos, novelas y ensayos de quien ha sido llamado “pintor de la provincia”.

Salvador Díaz Mirón

Salvador Díaz Mirón cubrió las páginas de la literatura mexicana con poemas contrastantes, algunos llenos de romanticismo, otros, con una fuerza inigualable. Debido a su carácter orgulloso e impulsivo fue duramente criticado; sin embargo, su calidad literaria está fuera de discusión. La figura de este poeta siempre estuvo en la mirada de sus contemporáneos, ya sea por su ideología, por sus enfrentamientos violentos o por lo hiriente de sus escritos. Su vida se convirtió en una leyenda, semejante a la de los héroes románticos.
La segunda mitad del siglo XIX encuentra al país desangrado por las luchas entre liberales y conservadores. Antonio López de Santa Anna parece haberse beneficiado con éstas. Específicamente en 1853, obtiene grandes triunfos.
Es en este año cuando nació Díaz Mirón, el 14 de diciembre, en la calle de Empáram número 17 de la ciudad de Veracruz. Sus padres fueron el Político, Militar y Poeta Manuel Díaz Mirón y la Señora Eufemia lbáñez. Realizó los estudios primarios en su lugar de origen, más tarde cursó humanidades en el Seminario de Xalapa. Se casó con Genoveva Acea Remón el 5 de abril de 1882. Fue Director del Colegio Preparatorio de Xalapa de 1912 a 1913 y del Colegio Preparatorio del Puerto de Veracruz en 1927.
Díaz Mirón desde muy pequeño mostró interés por la literatura, pero también se sintió atraído por la política. Su vida tuvo, por lo menos, tres grandes pasiones: el periodismo, la política y la poesía. A los catorce años de edad se inició en el periodismo. Fundó y dirigió diversos periódicos: “El Veracruzano, segunda época en 1877, en 1900, en Xalapa, el semanario “El Orden”, y “El Imparcial”, periódico del gobierno durante la dictadura de Victoriano Huerta, de 1913 a 1914.
Como político, compartió las ideas de Porfirio Díaz y luego las de Victoriano Huerta. Al caer este último, se exilió en Santander, España; más tarde viajó a La Habana, Cuba, donde dio clases y tuvo como alumno al que después sería el magnífico escritor Alejo Carpentier. En varias ocasiones fue Diputado al Congreso de la Unión. También practicó la oratoria con gran elocuencia e ironía.
Por lo violento de su carácter, Díaz Mirón tuvo fuertes enfrentamientos; por ejemplo, en uno de ellos, debido a los disparos de su contrincante, le quedó inutilizado el brazo izquierdo. Estuvo preso en dos ocasiones por privar de la vida al español Leandro Llada, en 1883, a Federico Wolter, en respuesta a una provocación de éste que apoyaba la reelección del Gobernador Juan de la Luz Enríquez, mientras que Díaz Mirón era partidario del otro aspirante a la Gubernatura, Don Teodoro A. Dehesa.
La crítica literaria ha dividido su obra en dos épocas. En la primera, que va de 1874 a 1891, su poesía está impregnada de romanticismo, sigue los modelos de Víctor Hugo y Lord Byron. Son poemas más cercanos al pueblo, con versos marcadamente antitéticos, donde se retratan, por ejemplo, la pureza contra la sordidez, o el hombre (león para la lucha) contra la mujer (paloma para el nido). De esta época son los poemas “A Gloria”, “Sursum” y “Ojos verdes”.
La segunda época se inicia a partir de su ingreso a la cárcel en 1892 y finaliza a la muerte del poeta. Es una etapa de búsqueda por la perfección en la forma, por un verso depurado y sin mancha. Es volver la mirada a los clásicos. Lascas es el libro representativo de esta época. De allí surgen poemas como “A mis versos”, “Ejemplo” e “Idilio”.

Salvador Díaz Mirón tuvo una vida tan precipitada como la época histórica de la que fue testigo. Vivió momentos culminantes para la historia mexicana como la llegada de Maximiliano de Habsburgo y el Segundo Imperio, la Guerra de Reforma, el Porfiriato y la Revolución, Murió el 12 de julio de 1928 en la misma ciudad que lo vio nacer, Veracruz. En el mismo año de su muerte, sus restos fueron trasladados a México para ser depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres.

Carlos A. Carrillo

Mientras pueda hacer algún bien a la humanidad, me creo en la obligación de trabajar por ella, y aún cuando un sólo instante de vida me quedara, lo emplearía con gusto en el bien de la niñez.

Este generoso pensamiento pertenece a uno de los más notables y adelantados educadores nacidos en territorio veracruzano. Su trabajo como profesor y su obra escrita acerca de la educación, la escuela y el maestro, lo llevaron a ocupar un sitio preferente entre los grandes educadores de México. Este hombre fue Carlos A. Carrillo.

El niño a quien dieron el nombre de Carlos Arturo, hijo del señor josé julián Carrillo y de Doña Carmen Gastaldi, nació en Córdoba, Ver., el 27 de julio de 1855; en ese momento nuestra nación vivía los efectos de la Revolución que inició en el sur del país cuando don Juan Álvarez, en marzo de 1854,
proclamó el Plan de Ayutla. El triunfo de los liberales afectó la vida de la familia Carrillo, pues Don José Julián había servido al Partido Conservador, opuesto al Partido Liberal. Así, cuando Carlos Arturo aún no cumplía un año, la familia se trasladó a Xalapa. En esta ciudad habrían de transcurrir la infancia y la juventud de Carlos A. Carrillo.

Dentro de la familia, el niño aprendió a leer y a escribir a la edad de cinco años, gracias a la enseñanza que recibió de una tía suya. Ingresó a la escuela y, a pesar de padecer desde entonces una enfermedad bronquial, durante su educación primaria y secundaria obtuvo siempre muy altas calificaciones; sin embargo, la enfermedad lo limitó para desenvolverse como cualquier otro niño y lo hizo débil de cuerpo, retraído y quieto. Quizá por eso se entregaba por entero al estudio en los libros.

Aunque había manifestado inclinación por los estudios de medicina, a los treces años ingresó al Seminario Conciliar para estudiar la carrera de derecho. Fue tal su dedicación y aprovechamiento que cuando a mitad de la carrera presentó sus exámenes, lo hizo de manera tan brillante que quienes lo examinaron reconocieron que podía presentar exámenes para titularse de abogado, pero ni su padre ni el propio Carlos aceptaron esa posibilidad. Carlos Arturo continuó sus estudios en un colegio del estado; allí, siendo alumno, fue designado catedrático en varias materias debido a su sabiduría tan ampliamente demostrada.
Al terminar su carrera, y después de haber practicado en el Tribunal Superior de justicia, era de esperarse que Carlos A. Carrillo se titulara como Licenciado en Derecho; sin embargo, Carrillo nunca decidió titularse, a pesar de que, por sus cualidades, su futuro como abogado se le abría de manera muy amplia y prometedora.
Quizá sólo estudió esa carrera por complacer a su padre que era Licenciado en Derecho; tal vez no era esa su vocación porque, a partir de ese momento, probablemente motivado por su experiencia como catedrático o influido por la forma en que desde niño vivió su vida escolar, decidió dedicarse por completo y para siempre a la educación de la niñez.

“No, yo no comprendo al niño convertido en máquina para repetir pensamientos ajenos, siquiera sean los más brillantes de los más insignes pensadores; el niño quiere decir alma, inteligencia, corazón y vida, vida que aspira a la luz de la verdad, como la planta a la del sol. Educar al niño no es embodegar en su cabeza frases que otro elaboró, y que para él carecen de sentido; no es vaciar en su memoria libros; es enseñarle a pensar por sí mismo, a discurrir él mismo, a expresar su pensamiento con palabras buscadas y combinadas por él mismo también, es, en suma, ejercitar todas las fuerzas de su espíritu, darle impulso para que recorra su camino, prestar alas a su actividad para que tienda el vuelo al cielo luminoso de la verdad para la que ha nacido”.

Así pensaba aquel joven que abandonó las leyes para dedicarse al magisterio. Es tan claro y adelantado su pensamiento que todavía en la actualidad sigue orientando el trabajo de los maestros.

Carlos A. Carrillo se inició como maestro de niños en un colegio de Xalapa llamado Instituto Pestalozzi. Allí tuvo la oportunidad de confrontar lo que sabía con la realidad de un grupo de niños; el conocimiento que obtuvo acerca de ellos y la experiencia de conducir en su educación a seres tan pequeños le produjo tanta satisfacción y entusiasmo que de ahí en adelante casi no hablaba de otra cosa. Estableció, poco tiempo después, su propio colegio en Xalapa, pero donde habría de comenzar a desarrollarse como gran educador fue en la escuela primaria que abrió en Coatepec con el nombre de Instituto Froebel.

En aquella lejana época, no había en nuestro estado de Veracruz escuelas donde se prepararan profesores; por lo tanto, el joven Carlos A. Carrillo no era maestro de profesión, pero como durante su vida de estudiante y por interés propio estudió y aprendió varios idiomas, este aprendizaje le permitió leer las obras de los grandes educadores extranjeros, y lo que aprendió en ellas, sumado a sus propias ideas, lo convirtieron en un excelente y sabio maestro.

En ese momento gobernaba la República el General Porfirio Díaz. Los gobiernos liberales le habían dado al país un gran impulso hacia la modernidad; en el campo de la educación había muchas ideas renovadoras, pero en la inmensa mayoría de las escuelas se educaba con métodos muy anticuados e ineficaces.

El maestro Carrillo combatió apasionadamente la forma en que se educaba a los niños en estas escuelas, y para difundir sus ideas renovadoras publicaba un periódico semanal al que llamó El Instructor. Meses más tarde lo sustituyó con ventaja por una revista educativa a la que tituló La Reforma de la Escuela Elemental. Ambas publicaciones fueron ampliamente reconocidas y apreciadas por el magisterio veracruzano y de todo el país.

Cuando en 1886, el Gobernador del Estado, general Juan de la Luz Enríquez, fundó la Escuela Normal en Xalapa, designó como Director de la misma al Maestro suizo don Enrique C. Rébsamen y a Don Carlos A. Carrillo como Catedrático.
Al poco tiempo, en reconocimiento a sus grandes méritos, el maestro Carrillo fue invitado a dirigir la escuela primaria anexa a la Escuela Normal de la Ciudad de México. Desde allí, tal como lo hizo desde que se convirtió en maestro, siguió escribiendo incansablemente acerca de muy variados temas y asuntos escolares, siempre con gran pasión por la educación y con gran amor por los niños.
Su intensa vida profesional y su padecimiento asmático fueron, poco apoco, minando su de por sí débil organismo. En la Ciudad de México, el 3 de marzo de 1893, a la edad de treinta y ocho años, el maestro don Carlos A. Carrillo Gastaldi dejó de existir. Con su muerte, México perdió a uno de sus más grandes educadores y Veracruz a uno de sus hijos más preclaros.

La labor magisterial de Carlos A. Carrillo fue constante, intensa y fructífera; su obra escrita, casi toda ella en forma de artículos periodísticos, constituye una de las más sabias y ricas aportaciones a la educación nacional y universal.

Josefa Murillo Carlín

Hablar de Josefa Murillo Carlín, en este texto, es reconocer la obra poética de una mujer que le tocó vivir en el siglo XIX. Su formación escolar fue elemental, lo cual no fue una limitación para que pudiera crear una poesía de profunda sensibilidad femenina.
Desde pequeña se distinguió en su círculo familiar por su habilidad para versificar. Cuando tenía 15 años se conocieron sus primeras composiciones, mismas que firmó con el seudónimo de “Xóchitl”.

Por su sensibilidad poética se le ubica en la corriente del Romanticismo, al lado de grandes escritores mexicanos. Luis G. Urbina la llamó “Ave que canta suavemente sus melodías”. El presidente de México, Benito Juárez García, y el poeta, Salvador Díaz Mirón la admiraron y le reconocieron su inobjetable talento artístico.
Su habilidad para aprender idiomas era extraordinaria. Cuando llegaban los indígenas oaxaqueños y mixtecos al corte de caña, eran alojados por su padre en los corredores de su casa, por lo que Josefa podía platicar con ellos. De esa manera, aprendió el idioma zapoteco, que hablaba con fluidez.
Josefa nació en San Cristóbal de Tlacotalpan, Veracruz, el 20 de febrero de 1860, en una casona ubicada cerca de los márgenes del río Papaloapan o río de las Mariposas. En un ambiente de provincia y en medio de una naturaleza pródiga, creció y vivió esta ilustre mujer.

Fue la segunda hija del matrimonio formado por don Mariano Murillo y Doña Manuela Carlín, ambos descendientes de antiguos combatientes a favor de la causa independentista de México. Sus hermanos fueron: Miguel, quien fue el hijo mayor, Ana, María, Luz, Juan, Luis y Mariano.
Sus estudios de primeras letras los inició al lado de sus tías, Doña Cruz y Doña Laura, ambas hermanas de su madre y quienes, por largos años, atendieron como maestras una escuela de la localidad. Pepilla, como familiarmente la llamaban, poco participaba en las clases, a causa de los frecuentes ataques de asma que la alejaban de la escuela. Su amor al conocimiento la Impulso al aprendizaje del inglés, el francés y el latín, idiomas que adquirió por cuenta propia en los libros de su papá.

Josefa Murillo es para la juventud mexicana una maestra, aunque jamás haya estado en una escuela como tal. Sabemos de ella, por su poesía, que recoge su pensamiento y su sensibilidad humana.

Su espíritu emprendedor y audaz le llevó a escribir una carta al presidente de la República, Benito Juárez García, para que la apoyara en la realización de estudios de ciencias y letras en la Ciudad de México, cuando tenía menos de diez años de edad. Descubierta la carta por sus tías, ésta fue destruida. Sin embargo, por su amor al estudio, leía cuanto libro llegaba a sus manos. Muchas veces los tomaba a escondidas de la biblioteca de su padre.

Josefa, como mujer, supo del amor, real y trágico. Su corazón de novia no pudo realizar su intimo deseo, el sueño más puro de su juventud que dejé en su espíritu una herida que jamás cerró por la adversidad de la vida. Ella, la novia enamorada, sufre la muerte de su amado.

A partir de ese momento, su poesía es apasionada y triste. El dolor hace presa el alma de Josefa, la poetisa escribe al amor y al dolor. Canta al arroyo, a la arena de la playa y también a las estrellas del universo, sin olvidar su patria y su fe cristiana.
Sentimiento humano Y naturaleza cobran existencia en las imágenes de sus versos. Su lírica sencilla, auténtica y bella guarda en su expresión un carácter estético.
El recuerdo de Josefa Murillo ha trascendido el tiempo v el espacio de su tierra natal, Tlacotalpan. Allí, se le percibe en el ambiente y se le asocia al paisaje.
Aún parecen escucharse las palabras de quienes la admiraron y la bautizaron con el sobrenombre de la “Alondra del Papaloapan”.

María Enriqueta Camarillo y Roa

Nació en Coatepec el 19 de enero de 1872, el mismo año de la muerte del presidente Benito Juárez. Los primeros años de su infancia transcurrieron en su ciudad natal, donde disfrutaba de dar paseos por las fincas naranjeras, bañándose en los arroyos y las pozas de La Marina y el Suchiapan. Gustaba de cultivar flores, beber leche recién ordeñada y criar gallinas; cuando ya era una escritora famosa escribió un libro con sus memorias de la infancia.

Comenzó a escribir y a dibujar a los seis años. Heredaba de su madre y de su familia materna el talento literario, y de su padre un gran amor y una verdadera pasión por la música. A los siete años se trasladó con su familia a la capital del país, lo que le permitió vivir otras experiencias y cultivar sus talentos. Por ese entonces, era ya presidente Don Porfirio Díaz, quien apoyó las actividades culturales.
En la capital, ingresó en el Conservatorio Nacional en el año de 1887, para cursar la carrera de pianista; en 1895, recibe el diploma de maestra de piano y desde entonces, dio conciertos, audiciones, clases de música y compuso algunas piezas musicales, aunque siempre prefirió dedicarse a la escritura.
Desde los 22 años comenzó a colaborar en las revistas y periódicos más importantes del México de su época. El 7 de mayo de 1898, en pleno auge del Porfiriato, se casó con el historiador Carlos Pereyra. Sus primeros años de casados los vivieron en la capital del país y durante ellos María Enriqueta publicó sus primeros libros que contenían poemas que la hicieron famosa.
Carlos Pereyra ingresó al servicio diplomático mexicano en 1910, como encargado de negocios de México en la República de Cuba. A partir de esta fecha, la escritora y su esposo radicaron en el extranjero. A principios de 1912, elaboró una serie de libros de lectura para las escuelas primarias, a la que tituló Rosas de la infancia.
Publicada en 1914, esta colección fue implantada por la Secretaría de Educación Pública como libro de texto para todas las escuelas primarias del país; varias generaciones de mexicanos se acercaron a la literatura en sus páginas, para todos ellos el nombre de María Enriqueta es inolvidable.
En 1913, Don Carlos Pereyra fue nombrado Embajador de México en Bélgica y Holanda con residencia en Bruselas, por lo que el matrimonio cruzó el océano y se instaló en los Países Bajos. Debido al desarrollo de la Revolución en México y al estallido de la Primera Guerra Mundial, el matrimonio tuvo que abandonar Bélgica. Primero se dirigieron a Suiza, pero decidieron establecerse en España. En Madrid, escribió y publicó la mayor parte de sus obras: varias novelas, una de las cuales, El secreto, ganó un premio (en Francia) en 1922,como la mejor novela extranjera; un volumen de memorias, varios de poesía y algunos cuentos para niños. Algunos de sus libros llevan ilustraciones hechas también por ella. María Enriqueta fue, en su época, uno de los escritores mexicanos más leídos en muchos países. Sus libros se tradujeron al francés, al portugués y al italiano.
Después de que murió su esposo, en 1942, María Enriqueta pensó en regresar a su patria, y volvió en 1948. En Veracruz, la esperaba una multitud, y en su Coatepec nativo la recibieron con una inmensa alegría Y con una gran fiesta popular. A pesar de estas muestras de cariño, prefirió instalarse en la Ciudad de México. Allí murió, enferma, ciega y sola, en el año de 1968, a los noventa y seis años. Pero, todavía hoy sigue siendo recordada con mucho cariño por todos aquellos que aprendieron a leer con sus Rosas de la Infancia y por sus coterráneos coatepecanos, a quienes les dedicó su poema “Coatepec”.

Heriberto Jara Corona

Heriberto Jara Corona nació el 10 de julio de 1879 en Nogales, Veracruz, lugar donde las aguas producidas por el deshielo del Pico de Orizaba forman una bella laguna. Sus padres fueron Emilio Jara Andrade y María del Carmen Corona. A los siete años de edad ingresó a la Escuela Modelo de Orizaba, cuando era regida por el Maestro Alemán Enrique Laubscher. En Pachuca, Capital del Estado de Hidalgo, Heriberto Jara continuo sus estudios en el Instituto Científico y Literario hasta lograr el grado de tenedor de libros, lo que hoy podía ser un contador privado.

De regreso a su región de origen, fue contratado en la fabrica de hilados y tejidos de Río Blanco para llevar la contabilidad, lo que le permitió el acceso a la información de las magníficas ganancias que percibían tales empresarios, en contraposición con las difíciles condiciones de trabajo y de vida que padecían los obreros y sus familias. Así, a la edad de dieciocho años le correspondió asumir una posición cuando los operarios de la zona textil efectuaron un movimiento huelguístico que afectó poderosamente a la industria.

Heriberto Jara se adhirió a la causa de los trabajadores y así lo haría en el resto de sus días. Sin embargo, en ese enero de 1907, la represión fue brutal y el joven no tenía mayores posibilidades de actuar. La ocasión para hacerlo se presentó en 1910 al responder al llamado de Francisco I. Madero para destituir a Porfirio Díaz de la presidencia del país.

Una vez que Madero asumió la Presidencia de México, en 1911, Jara Corona resultó electo Diputado al Congreso de la Unión. Unos meses después fue de los pocos representantes de los estados que se opuso a la destitución del Presidente Madero y del Vicepresidente Pino Suárez, ordenada por Victoriano Huerta, y cuando éstos fueron asesinados tuvo que huir al norte del país. Ese año de1913 participó en el primer reparto de tierras realizado por el general Lucio Blanco en Tamaulipas, a orillas del Río Bravo. Un año más tarde, se sumó a las fuerzas de Venustiano Carranza y se hizo cargo del Gobierno de la Ciudad de México por unos cuantos meses, los necesarios para ponerse del lado de los trabajadores tranviarios cuando se lanzaron a un movimiento de huelga. En 1914, regresó a su estado natal y ocupó con sus tropas el puerto de Veracruz a la salida de las tropas intervencionistas norteamericanas. A partir de esas fechas, desempeñó varios cargos públicos en su entidad.

Uno de los cargos más significativos de Jara fue el de Diputado en el Congreso Constituyente de 1916 a 1917. Allí, junto con otros Diputados, impulsó la incorporación de garantías sociales para los mexicanos en los artículos de la Constitución que aún nos rige, específicamente en los artículos referidos a la Educación, Soberanía Nacional y Derechos de los Trabajadores (3, 27 y 123). Al concluir su participación en este cargo, se trasladó a Cuba como embajador de México en aquella isla caribeña.

A los casi cincuenta años de edad, volvió a nuestro país para hacerse cargo del Gobierno del Estado de Veracruz. En este importante puesto, mantuvo una fuerte disputa con los empresarios extranjeros dueños de las compañías petroleras. La irracional explotación del petróleo, pero más aún, la de los trabajadores que laboraban en los extremos norte y sur del estado veracruzano, le acarrearon también diferencias con el gobierno de Plutarco Elías Calles. A tal problemática se sumó un conflicto con los maestros de la entidad y la situación alcanzó tal magnitud que fue destituido por la Legislatura Local.

De ese periodo, 1924-1927, data el estadio deportivo que lleva su nombre en la Ciudad de Xalapa. Durante varios años se retiró de la vida pública hasta que el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas lo reincorporó al servicio para ser, de 1939 a 1940, Presidente del Partido Nacional Revolucionario; durante su gestión directiva, este partido político cambió su nombre al de Partido de la Revolución Mexicana. El General Manuel Ávila Camacho también requirió de los servicios de Jara y lo nombró Jefe del Departamento de Marina, de 1944 a 1946.

En los años cincuenta, dado su interés por defender los derechos y garantías de los mexicanos, presidió el Comité Nacional por la Paz y fue designado también integrante del Consejo Mundial por la Paz. Murió el 17 de abril de 1968 y dos días después, en cumplimiento de su voluntad, sus cenizas fueron arrojadas sobre las aguas del Golfo de México.

Sixto Adalberto Tejeda Olivares

Nació el 28 de marzo de 1883, en Chicontepec, Veracruz. Fue el primogénito de la familia integrada por Eutiquia Olivares, nativa de Chicontepec, y de Luis Tejeda Guzmán, originario de Jalacingó. La ubicación de Chicontepec hizo que por muchos años estuviera aislado del centro del estado, pues no tenía más vías de comunicación que los caminos de herradura por donde transitaban las bestias de carga con mercancías destinadas al comercio con las poblaciones cercanas.
En los años en que Adalberto Tejeda estudió la primaria, la Villa de Chicontepec era cabecera de cantón. Veracruz se encontraba dividido en dieciocho cantones y en cada una de las cabeceras vivía un jefe político, que era la máxima autoridad de ese territorio. Luis Tejeda, padre de Adalberto, era jefe político de Jalacingo. Chicontepec tenía una escuela cantonal para varones denominada Porfirio Díaz, colegio donde Adalberto Tejeda estudió la primaria; pero, careciendo el poblado de escuelas de segunda enseñanza, tuvo que trasladarse a la Ciudad de México para proseguir sus estudios. En la capital del país ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria y de ésta deseaba cursar la carrera de ingeniero, mas la falta de recursos económicos le impidió terminar sus estudios, por lo que tuvo que volver a Chicontepec para trabajar como deslindador de terrenos. Fue esa actividad la que le permitió conocer de cerca los problemas de su comunidad; entre éstos, los despojos de tierra que llevaban acabo los mestizos adinerados en contra de los indígenas.
Adalberto Tejeda tomó partido en favor de los indígenas porque muchos de ellos no podían defenderse, pues carecían de dinero para pagar un abogado, no sabían leer ni escribir y tampoco hablaban el español. Esa situación de injusticia y el descontento con las autoridades políticas influyeron para que se convirtiera en simpatizante del Movimiento Revolucionario encabezado por Francisco I. Madero. En diciembre de 1913 se alistó bajo las órdenes del General Alfredo Aburto Landero, con quien emprendió el ataque a Chicontepec para desalojar a las tropas huertistas.

La campaña constitucionlista contra Victoriano Huerta, organizada apartir de la promulgación del Plan de Guadalupe en marzo de 1913 y comandada en el norte del estado de Veracruz por el General Cándido Aguilar, contó entre sus filas a Adalberto Tejeda quien, a raíz de la toma de la ciudad de Xalapa, en agosto de 1914, fue nombrado Jefe del Estado Mayor de la Primera División de Oriente y ascendido a Teniente Coronel. Tres años más tarde, Tejeda, que ya se había distinguido por su comportamiento militar y por sus ideas revolucionarias, fue electo Diputado al Congreso Constituyente de Querétaro, reunión a la que no asistió por motivos de orden personal. En 1918 fue electo senador al Congreso de la Unión, cargo en que se distinguió por la lucha que mantuvo contra los inversionistas extranjeros, dueños o arrendatarios de grandes extensiones de tierra en Veracruz, de las cuales extraían gran cantidad de petróleo que les reportaba cuantiosas ganancias, sin dar mayores beneficios a los lugares de donde se extraía ese hidrocarburo.

El año de 1920 marcó el inicio de Adalberto Tejeda como Gobernador de Veracruz, cargo que ocupó hasta 1924 y que por segunda ocasión desempeñó de 1928 a 1932. Durante esos años en que tuvo a su cargo la política de Veracruz realizó, entre sus tareas, la organización de los campesinos en una central que, además de procurar el reparto de la tierra, los defendiera de los terratenientes. De esta manera, apoyó a los líderes campesinos para que fundaran la Liga de Comunidades Agrarias del Estado de Veracruz, en marzo de 1923.
A los obreros también les permitió ejercer el derecho de huelga y decretó la Ley sobre Participación de Utilidades para que recibieran las ganancias correspondientes. El Gobernador consideraba que dando participación económica al obrero, éste colaboraría de una manera más eficiente y se mostraría cuidadoso e interesado en el desarrollo de la industria. También favoreció la integración del Sindicato de Inquilinos en el Puerto de Veracruz, que luchaba por defender a los arrendatarios de las altas rentas cobradas por los casatenientes.
Otro de los intereses de Tejeda fue el de llevar la educación a los centros rurales a fin de lograr que la enseñanza se extendiera entre las familias de campesinos que no podían enviar a sus hijos a las escuelas de las grandes ciudades; para ello aumentó el número de escuelas, de maestros y el presupuesto destinado a la educación. Tejeda, con una formación ideológica socialista, se propuso lo que él llamaba “El Mejoramiento de la Salud Física y Mental de los Trabajadores”, para lo cual llevó a cabo una campaña de saneamiento del individuo a través de la expedición de leyes que combatían el alcoholismo, la prostitución y el fanatismo religioso. Esa labor qué emprendió y desarrolló unas veces de manera radical, le produjo serios enfrentamientos con los grupos que veían afectados sus intereses y con las personas que consideraban invadido y violado su derecho de libertad de creencias. También le ocasionó diferencias con otros políticos que no estaban de acuerdo con su manera de gobernar.

En 1933, el Partido Popular Socialista de las Izquierdas postuló a Adalberto Tejeda como su Candidato a la Presidencia de la República, contendiendo con Lázaro Cárdenas, del Partido Nacional Revolucionario. El triunfo fue para el General Cárdenas quien poco después de asumir el poder, comisionó a Tejeda para que representara a nuestro país en el extranjero.

En 1935, fue Embajador de México en Alemania, puesto que además le permitió conocer el país de uno de los hombres que más admiraba: el compositor Alemán Ludwig Van Beethoven. La sensibilidad artística de Tejeda aparecía mientras interpretaba melodías en el violoncello y el violín, y su gusto por la música clásica se reflejó al crear, en 1929, la Orquesta Sinfónica de Xalapa, bajo la dirección del maestro Juan Lomán. Otra de sus aficiones fue la lectura de las obras de grandes pensadores como: Rabindranath Tacore, José Ingenieros, Justino Sarmiento, Stuart Mill, Herbert Spencer y otros autores de los cuales extraía sus enseñanzas. Su vida diplomática lo hizo vivir en Francia, España y Perú. En España fue testigo de la Guerra Civil Española entre franquistas y republicanos. Siendo Tejeda partidario de los principios de la República, prestó su colaboración y apoyo a los españoles que se veían obligados a huir de su país en busca de refugio en el extranjero. El gobierno de Lázaro Cárdenas se distinguió por abrir las puertas de México a todos aquellos españoles que solicitaron asilo político. Dentro de su vida militar llegó a alcanzar el grado de General, pero fue más conocido como el Coronel Adalberto Tejeda. Después de varios años de servicio se retiró a la vida privada, sin dejar de mantener correspondencia con sus amigos y partidarios. Vivió por varios años en la Ciudad de México, en donde murió el 8 de septiembre de 1960, siendo depositados sus restos en el Panteón Francés. Cuando falleció le sobrevivían su esposa María Luisa y sus hijos María Luisa y Luis.

Tejeda, siguiendo el pensamiento de Justino Sarmiento, señalaba que gobernar a un pueblo era educar, y educar significaba: Crear un carácter, es forjar una personalidad colectiva, es realizar un propósito, y realizarlo venciendo todos los obstáculos. Un Gobernante, es decir un educador, no puede declararse vencido, debe estudiar vencido, debe estudiar las causas de las dificultades y saber que no hay efecto sin causa y atacar esa causa.

Para Tejeda, a México le faltaba mucho por realizar en el sentido de gobernar educando, y el problema principal era que se desconocía su Geografía y su Historia y el conocimiento de ambas era vital, pues la Geografía de un país es lo que la anatomía a un cuerpo humano y la historia lo que la fisiología al ser. Por lo tanto, sentenciaba que un pueblo sin Geografía y sin Historia es un pueblo desconocido al que le es difícil conocer sus males para atenderlos y corregirlos. No se conocen las cuencas de los Ríos ni el corazón de nuestras selvas, ni nuestra arqueología, ni nuestra geología en pocas palabras, el conjunto de nuestros recursos naturales. Nuestro pueblo, además, permanece ignorante de su historia, analfabeto y ansioso de instruirse y solamente se sabe lo que sirve para atraer a los turistas.

No se conocen las diferentes razas indígenas que deben constituir unidad de nación solidarizándolas por todos los medios posibles, ni se ha tratado de conocer la verdadera alma de nuestros campesinos.

El pensamiento Tejedista parece traspasar las barreras del tiempo para señalarnos la necesidad que tenemos de acercarnos al conocimiento de la Geografía y de la Historia como disciplinas indispensables para conocer las enseñanzas del pasado, formar juicios y proseguir en el camino que nos conduzca a desarrollarnos como miembros de una nación en continuo mejoramiento.

José Silvestre Rafael de Jesús

Las Vigas es una pequeña población veracruzana que se localiza entre las ciudades de Xalapa y Perote. Situada entre las montañas de la sierra, el frío y la humedad dan al poblado un carácter triste y silencioso. Después que el sol brillante calienta los tejados y da vida a los campos, desde las cañadas sube la neblina, se filtra por bosques y sembradíos, penetra por las callejuelas y cubre el caserío, entonces el paisaje parece visto a través de un cristal empañado.
En este pueblo, el 30 de diciembre de 1884, nació un niño a quien bautizaron como José Silvestre Rafael de jesús. En el registro civil fue inscrito solamente con el nombre de Rafael. Sus padres fueron Don Francisco Javier Ramírez y Doña Pascuala Castañeda, ambos también originarios de Las Vigas.
La familia de los Ramírez Castañeda era numerosa pues procrearon ocho hijos, cuatro hombres y cuatro mujeres, lo que no resultaba raro, pues en aquella lejana época había muchos matrimonios con diez o más hijos. Don Francisco era un hombre pobre; a duras penas podía sostener a su numerosa prole con su trabajo de tejedor de lana en el rústico telar que tenía en su modesta casa, construida con tablones de madera y techo de teja manil. Doña Pascualita, como todos la llamaban, atendía con mucho esfuerzo sus deberes y siempre ayudaba a los demás; en el pueblo era muy reconocida por su bondad y por su generosidad a pesar de la pobreza en que vivía.

Rafael vio pasar su infancia llena del cariño y del calor de la familia pero colmada también de angustiosa penuria. Contaban, quienes lo conocieron de niño, que para no gastar los únicos zapatos que tenía y que sólo usaba para ir a la escuela, al salir de ésta para ir por ahí con sus amigos a correr alguna aventura al campo o en las afueras de la población, se los quitaba, les ataba las agujetas y se los colgaba del hombro. Por aquel entonces, al igual que Rafael, miles y miles de niños mexicanos sufrían las mismas penalidades y pobrezas. El Presidente de la República era el General Porfirio Díaz; llevaba ya más de quince años de gobernar a la nación y, aun cuando había realizado grandes obras para modernizar al país, no había logrado disminuir la gran pobreza en que se debatía la mayoría de la población, que sólo contaba con su fuerza de trabajo para, por un salario miserable, emplearla en el campo al servicio de los grandes hacendados y en la ciudad, a disposición de los dueños de fábricas y comercios.
Rafael Ramírez cursó en la escuela de su pueblo los cuatro grados que ésta ofrecía. Como Don Francisco Javier ya había muerto, Doña Pascualita, atendiendo las recomendaciones de uno de los maestros de Rafael, dio su consentimiento para que el niño continuara estudiando en Xalapa. Rafael terminó su educación primaria y enseguida solicitó inscribirse en la Escuela Normal del Estado, en la propia Ciudad de Xalapa, para cursar la carrera de profesor. Fueron cinco años de estudios, de grandes sacrificios y de muchas carencias, pero al fin obtuvo el título de profesor que tanto anhelaba.

Durante más de dos años, Rafael Ramírez trabajó en escuelas de nuestro Estado de Veracruz; luego, aceptó la Dirección de una escuela en Durango, y poco después, aprovechando la oportunidad que le brindó uno de sus antiguos maestros de Xalapa, fue a trabajar con él a la Ciudad de México en una escuela Primaria Industrial.

Allí lo sorprendió, en 1910, el estallido de la Revolución encabezada por Don Francisco I. Madero, movimiento armado al que se lanzaron los mexicanos con la esperanza de cambiar las condiciones de injusticia, ignorancia y miseria en que vivía la gran mayoría de la población. En esta lucha justiciera también participaron un hermano de Rafael Ramírez y otros familiares.

El trabajo eficiente del Maestro Rafael Ramírez en aquella Escuela Primaria Industrial se hizo notar y pronto le solicitaron las autoridades educativas su colaboración para reorganizar la Escuela Industrial de Huérfanos. A partir de ese momento, se dedica con toda su voluntad y empeño a difundir este tipo de educación en el país, y para ello, escribe el libro La Educación Industrial, que habría de ser el primero de los muchos y valiosos libros que escribió para la educación del pueblo mexicano.

Al poco tiempo, ya es catedrático en la Escuela Normal Primaria y Funcionario en la Secretaría de Educación Pública. Por el año de 1923, debido a que se planeó un nuevo sistema para educar a los mexicanos, Rafael Ramírez formó parte de una primera Misión Cultural, cuyo propósito era el de fomentar la educación en las comunidades rurales indígenas. Allí se da cuenta de los grandes problemas que vive la gente en el campo y decide emplear toda su voluntad y capacidad para ayudar a resolverlos por medio de la escuela.

Apoyándose en lo que decían otros grandes pensadores extranjeros y nacionales, y en sus propias ideas y experiencias, el Maestro Ramírez pone manos a la obra y va creando poco a poco la forma en que deberían de trabajar los maestros en las escuelas del campo y va explicando el porqué de ese trabajo.

Así, al paso de unos cuantos años, se formó todo un sistema escolar, conocido como la Escuela Rural Mexicana, una creación revolucionaria para ayudar a liberar al pueblo y para formar a los hombres que la triunfante revolución exigía.
Para el Maestro Rafael Ramírez, la escuela rural no sólo debía servir para que los niños de la comunidad aprendieran lo que es necesario aprender, sino que la escuela debía funcionar como una verdadera Casa del Pueblo donde también los adultos, hombres y mujeres, asistieran a ella con el fin de aprender cosas útiles para mejorar sus condiciones de vida. Poco a poco, el territorio de nuestra patria se fue cubriendo de escuelas rurales, casas del pueblo hechas por el pueblo y para el pueblo. En ellas estaba siempre presente y dispuesto al trabajo el maestro, el profesor rural, humilde, pero siempre digno, siempre respetado y apreciado por la gente. Claro que esta obra tan grande no fue producto únicamente del pensamiento y del trabajo de Don Rafael Ramírez, sino que en ella participaron otros grandes maestros y, sobre todo, los sufridos profesores rurales que con muchos sacrificios y extraordinaria dedicación hicieron realidad la Escuela Rural Mexicana.
Puede considerarse que la Escuela Rural Mexicana, como sistema y como forma de acción educativa y social, se inició aproximadamente por el año de 1925; tuvo gran apoyo del gobierno y alcanzó su mayor auge entre 1930 y 1940; a partir de allí, comenzó a declinar debido a que el Gobierno de la República cambió la orientación de la educación, decidió que en el país las escuelas trabajaran y educaran de otro modo. Aunque los planteles y los profesores rurales permanecieron en las comunidades, el trabajo escolar y sus resultados ya no fueron como antes; la escuela rural dejó de ser la casa del pueblo y se dedicó a enseñar únicamente a los niños, tal como lo hace cualquier otra escuela primaria común y corriente.

El Maestro Don Rafael Ramírez Castañeda merece el bien de la patria, la gratitud de los mexicanos. Fue el mayor impulsor, organizador y guía de la Escuela Rural Mexicana; escribió por ella y para ella más de veinte libros y la convirtió en un sistema tan notable que incluso se divulgó en otros países. Don Rafael Ramírez murió en la Ciudad de México el 29 de mayo de 1959.
En reconocimiento a sus altos méritos, en abril de 1968, el Gobernador del Estado decretó imponer el nombre del Profesor Rafael Ramírez al municipio y poblado de Las Vigas, lugar de su nacimiento. Un mes más tarde, en ocasión del “Día del Maestro”, se develó una estatua del Maestro Ramírez en el centro de la propia población que lo vio nacer. De este modo, el pueblo veracruzano rindió homenaje póstumo a Rafael Ramírez Castañeda, eminente educador y mexicano ejemplar.

Adolfo Ruíz Cortínez

Nació el 30 de Diciembre de 1889 en la Ciudad de Veracruz, cuando el régimen porfirista avanzaba su poder en la República, y en el estado de Veracruz gobernaba el distinguido liberal Juan de la Luz Enríquez.

Hijo de Don Adolfo Ruiz Tejeda, comerciante alvaradeño, y de Doña María Cortines Cotera, xalapeña de nacimiento, pero radicada desde niña en el puerto jarocho. Realizó sus estudios primarios en el Colegio de los jesuitas, y los posprimarios en el Instituto Veracruzano que dirigía don Esteban Morales, donde llegó a cursar hasta el cuarto año de preparatoria, en 1905. Problemas económicos le impidieron seguir estudiando y, para cooperar en el sostenimiento de la familia, trabajó durante siete años en una casa comercial de Veracruz como auxiliar de contabilidad.

En 1908, la lectura del libro La Sucesión Presidencial de Francisco I. Madero, lo motivó a reconsiderar la situación política imperante. La Revolución estalló el 20 de noviembre de 1910, los nombres de Abraham González, Francisco Villa y Pascual Orozco cobraban fama en el norte del país.

La Revolución triunfó en Ciudad Juárez, Porfirio Díaz renunció y se dirigió al Puerto de Veracruz. Desde el malecón, el joven Ruiz Cortines presenció la salida del dictador rumbo a Francia.

El Soldado Revolucionario

A fines de 1912, marchó a la capital del país. Tras el asesinato de Madero y el ascenso de Victoriano Huerta al poder, Ruiz Cortines se incorporó a la Revolución al lado del Ingeniero Alfredo Robles Domínguez, a quien Carranza nombró para organizar las fuerzas constitucionalistas en el centro y sur de la República. Cuando más tarde, Robles Domínguez fue nombrado gobernador del Distrito Federal en agosto de 1914, Ruiz Cortines, ya con el grado de capitán segundo, formó parte de su cuerpo de ayudantes. Luego, realizó las mismas funciones al lado del general Heriberto jara, gobernador sustituto de Robles Domínguez. En noviembre de 1914, acompañó a Jara para ocupar la plaza de Veracruz que abandonaban las tropas norteamericanas. Después de dos años de ausencia, volvió a su tierra como revolucionario constitucionalista.

Iniciada la lucha de facciones, Ruiz Cortines, con el grado de capitán primero, recibió instrucciones de afiliarse a las fuerzas del general Francisco de P. Mariel, como pagador general. Más tarde, fue ascendido a mayor. En el gobierno interino del presidente Adolfo de la Huerta, se desempeñó como secretario particular del general Jacinto B. Treviño, secretario de Industria y Comercio; y en el gobierno del presidente Obregón, trabajó en la Comisión Revisora de Hojas de Servicios Militares. En 1926, el mayor Ruiz Cortines solicitó y obtuvo su retiro del Ejército Mexicano.

La vida civil

Al volver a la vida civil laboró en los Ferrocarriles Nacionales, luego en el Departamento de Estadística Nacional, donde llegó a ser Director de Estadística Social. En 1935, el Presidente Lázaro Cárdenas lo nombró Oficial Mayor del Departamento del Distrito Federal. Dos años más tarde, resultó electo Diputado al Congreso de la Unión por el Distrito de Tuxpan, Ver. En 1939, se desbordó la lucha por la sucesión presidencial; el Partido de la Revolución Mexicana postuló como su candidato al General Manuel Ávila Camacho; el Licenciado Miguel Alemán, Gobernador de Veracruz, fue nombrado Coordinador de la Campaña, y éste, a su vez, llamó a Ruiz Cortines para encargarse de la Tesorería de la misma. Cuando el Licenciado Alemán marchó a México, el Licenciado Fernando Casas Alemán quedó como Gobernador, y a fines de enero de 1940, Adolfo Ruiz Cortines fue nombrado Secretario de Gobierno. El 10 de diciembre de 1940 el General Manuel Ávila Camacho asumió la Presidencia de la República y designó a Miguel Alemán, Secretario de Gobernación, y éste, por su parte, nombró a Ruiz Cortines, Oficial Mayor en dicha Secretaría, donde laboró con entusiasmo y lealtad hasta el 20 de abril de 1944.

El Gobernador de Veracruz

En la Convención del Partido de la Revolución Mexicana, celebrada en abril de 1944, en el Cine Radio de la Ciudad de Xalapa, el ciudadano Adolfo Ruiz Cortines protestó como candidato a Gobernador de Veracruz. Visitó todas las regiones y pueblos del territorio veracruzano, dialogó con el pueblo que se acercó a plantearle sus problemas, y éste, con su voto en las urnas electorales, lo invistió con el poder. El 10 de diciembre de 1944, tomó posesión del Gobierno de Veracruz. Durante su fructífera gestión, entre otras acciones de su gobierno, nacieron las juntas de Mejoramiento Moral, Cívico y Material, el Departamento para Estudios Técnicos, el Departamento de Antropología, el sistema de riego en La Esperanza, la Comisión de Zonificación y Planificación del Estado, reglamentó los fraccionamientos urbanos, creó plazas de agrónomos regionales, propuso reformar la Constitución Local para que la mujer participara en la función electoral y municipal, pacificó el campo veracruzano, construyó escuelas, caminos, revisó los sistemas impositivos, gobernó para todos con eficiencia y honradez; fue un ejemplo de servidor público.

El Presidente de la República

El 12 de febrero de 1948, murió el Doctor Héctor Pérez Martínez, Secretario de Gobernación en el Gabinete del Presidente Alemán; para sustituirlo fue designado Adolfo Ruiz Cortines. Fue el más difícil puesto de toda su carrera pública, pues a la Secretaría de Gobernación acudían Gobernadores, Senadores, Diputados Federales y Locales, Generales, Líderes Agrarios, Magisteriales y Obreros, Empresarios, Profesionistas y diferentes Organizaciones Privadas. Su espíritu conciliador se agigantó, platicaba incansablemente con todos, los sectores sociales, supo encontrar soluciones a la problemática de su tiempo; en fin, sobre sus hombros descansaba la política interior y la estabilidad social del país. Su impecable labor en la Secretaría de Gobernación le abrió el camino hacia una responsabilidad mayor: la Presidencia de la República.

El 14 de octubre de 1951, Ruiz Cortines rindió la protesta como candidato a la presidencia por el Partido Revolucionario Institucional. El pueblo le brindó su apoyo en las urnas electorales, y el 10 de diciembre de 1952, Don Adolfo Ruiz Cortines asumió la presidencia de la República. Su lema de gobierno fue “Austeridad y Trabajo”. Ejerció un severo control del gasto público, apoyó la construcción de caminos, redes ferroviarias, presas, escuelas y hospitales; puso en práctica el plan La Marcha al Mar, con la finalidad de llevar a las zonas costeras los excedentes de la población del altiplano y lograr un mejor aprovechamiento y desarrollo de los recursos marítimos; se sanearon los litorales y se erradicó el paludismo; creó el Programa de Bienestar Social Rural para mejorar las condiciones de vida de la población rural del país, impulsó el reparto agrario, expropió latifundios de extranjeros pero respetó la pequeña propiedad.
También puso en práctica el Seguro Agrícola, para proteger a los agricultores de los siniestros naturales.

Al iniciar su gobierno, el Presidente Ruiz Cortines envió una iniciativa de ley para reformar el artículo 34 de la Constitución, con la finalidad de conceder a la mujer iguales derechos políticos que al hombre, y se concedió el voto a la mujer mexicana. A efecto de promover medidas para resolver la necesidad de casas habitación, creó el Instituto Nacional de la Vivienda; dio estímulos a la industria, particularmente a la mediana y pequeña; puso las bases para el desarrollo de la petroquímica e impulsó la creación de empleos.

En atención a los adelantos técnicos logrados en el campo de la energía nuclear, y considerando que México no podía permanecer al margen de ese desarrollo, creó la Comisión Nacional de Energía Nuclear. La educación primaria y media se vieron impulsadas grandemente, y de manera especial, la politécnica y la universitaria, pues fue Don Adolfo quien equipó las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México e inició los subsidios a las universidades de provincia.
Otra meta fundamental de su gobierno, según lo expresó don Adolfo en su cuarto informe, fue proteger y mejorar la salud de los hombres y mujeres de México, la riqueza auténtica de la Patria:

…seguiremos empeñados en combatir la insalubridad que engendra pobreza física y material, enemigos naturales de todo esfuerzo creador…
proteger a la niñez de la desnutrición, la incomprensión, el egoísmo, el abandono y la irresponsabilidad de quienes tienen el deber moral y social de ayudarla, es proteger la reserva humana de la nación.

El balance de su sexenio fue positivo; la economía del país tuvo un alto crecimiento. Los salarios de los trabajadores crecieron a un nivel superior al costo de la vida e instituyó la gratificación anual del aguinaldo para los servidores públicos. El 10 de diciembre de 1958 entregó el poder a su sucesor el Lic. Adolfo López Mateos; Don Adolfo Ruiz Cortines fue el último presidente que participó en la Revolución Mexicana, se retiró a la vida privada y no volvió a intervenir en la política nacional. Murió en el Puerto de Veracruz el 3 de diciembre de 1973

Ernesto García Cabral

En Huatusco, Ver., Nace un 18 de diciembre de 1890, un niño alegre e inquieto que respondería al nombre de Ernesto García Cabral, hijo de Vicente García y de Aurelia Cabral, personas sencillas y de modestos recursos económicos. El vivaz infante estudia la primaria con entusiasmo y empieza a destacar como buen dibujante. Elabora paisajes, rostros, figuras de personas y también reproduce en su cuaderno o libreta, desde muy pequeño, formas de animales y esquemas de varias plantas.

Para esas fechas dirige nuestro país el general Porfirio Díaz, el Gobernador del Estado de Veracruz es el señor Teodoro A. Dehesa y el Jefe Político de la Región de Huatusco es el ciudadano Joaquín A. Castro, mismo que solicita una beca, en el año de 1906, para que el joven Ernesto García Cabral tenga la oportunidad de estudiar en la Ciudad de México, en la Academia de Pintura y Escultura de San Carlos.
Afortunadamente, el gobernador Dehesa apoya la petición y Ernesto,de 17 años, tiene la gran oportunidad de estudiar y prepararse durante dos años en la famosa escuela donde recibe las orientaciones, los consejos y las enseñanzas de los maestros Germán Gedovius, Daniel del Valle, Carlos Lazo, Servín y Roberto Montenegro.
Inicia actividad profesional en México en las aulas de la Academia de San Carlos, es identificado el joven Ernesto por sus dibujos alegres, chistosos y también porque su estilo exagerado deforma ciertos aspectos o características de las personas representadas. Así empieza el gran caricaturista a darse a conocer y gracias a ello colabora en la revista semanal multicolor, durante los años 1911 y 1912, cuando Frandisco I. Madero era el Presidente de la República Mexicana.

Una caricatura o dibujo muy hiriente y burlón, relacionado con Madero y echo por García Cabral a los veintidós años de edad es la razón por la cual tiene que salir del país rumbo a Europa, apoyado por el Gobierno para estudiar en la Ciudad de París.

Estancia de García Cabral en Europa y Argentina

Durante el periodo de 1912 a 1914, vive, estudia y trabaja el incansable artista en la capital de Francia; al principio, en buenas condiciones gracias al apoyo económico del gobierno mexicano, pero, a la muerte de Madero y con el ascenso al poder de Victoriano Huerta, sobrevive en situaciones difíciles, a veces comiendo lo indispensable y una sola vez al día. Conoce, aprende y convive con otros artistas importantes como Diego Rivera, Roberto Montenegro, Ángel Zárraga y Fidas Flizondo, intercambiando técnicas y conocimientos plásticos y gráficos. En 1914, estalla la Primera Guerra Mundial y García Cabral se traslada a vivir unos meses a la ciudad de Madrid, en España, donde conoce y recibe la ayuda del Licenciado Isidro Fabela, Ministro de México en Francia y quien lo nombra Agregado Cultural para que labore en Argentina. Nuestro personaje empaca sus pocas pertenencias y se instala en Buenos Aires, para ejercer su actividad diplomática de 1915 a 1918.

En la capital argentina colabora en periódicos y revistas mejorando sus trazos e imprimiendo a sus dibujos más realismo y dramatismo.
Su periodo más brillante es en 1919, García Cabral recomienza su labor de artista en la Ciudad de México, cuando prevalecen diferencias y luchas políticas entre los principales jefes revolucionarios del país. El caricaturista y afamado dibujante ilustra las portadas de la publicación semanal Revista de Revistas, mismas que son consideradas como verdaderas obras de arte y además participa diariamente con sus audaces y atrevidas caricaturas en el periódico Excélsior. Se puede afirmar que el huatusqueño genial cubre toda una época extraordinaria de 1919 a 1935, entregando su máximo esfuerzo y creatividad, agobiado por el tiempo y elaborando sus trazos y bosquejos con ritmo frenético y fatigante.
Los personajes de la época y la gente común y corriente no escapan de la representación humorística, burlona y simpática del gran García Cabral. Muchos políticos, artistas, hombres de negocios, representantes populares y miembros del Ejército y de la Iglesia se sintieron incómodos, molestos y ofendidos por algunos de “los cartones” o dibujos del artista.

García Cabral, mejor conocido por sus compañeros y amigos como “El Chango” en razón de su físico y de su supuesta facilidad para escalar árboles, fue en 1934 Presidente del Sindicato Nacional de Dibujantes; por esta época, sin pretender ser moralista como los afamados Rivera, Siqueiros y Orozco, pintó para el Museo de Turismo de Toluca, Estado de México, el mural llamado Historia Espiritual del Valle de México en el año de 1943.

Los conocedores y especialistas del arte gráfico opinan que la obra artística de García Cabral es muy importante y que sirve de modelo para los nuevos caricaturistas. Es de reconocerse su gran profesionalismo y sus aportaciones en lo relativo al color, a las perspectivas, al manejo de las líneas, a los acabados y a los detalles diversos que hicieron de las portadas de Revista de Revistas todo un inagotable patrimonio de los coleccionistas y de los amantes de los buenos diseños.
Su fino humor cínico, elegante y un tanto conservador, le permitió relacionarse con muchas personas importantes de la vida política, social y cultural de México. Sus contemporáneos lo veían como una persona despreocupada, alegre y hábil para manejar el pincel o el lápiz; muchos que lo conocieron expresaron que nadie como él para representar a los personajes de la vida diaria, nadie como él para caricaturizar al más importante individuo, como también para representar al más humilde mexicano.

A Ernesto García Cabral se le cataloga como uno de los artistas más productivos y críticos del presente siglo, y se destaca por sus representaciones de la guerra y la paz, de la niñez y de la vejez, de la vida y la muerte.

Su buen carácter, su nobleza, su fácil conversación y comportamiento sincero y afectuoso, le permitieron establecer lazos de amistad con artistas, periodistas, intelectuales y personajes importantes, tales como Agustín Lara, María Félix, Cantinflas, Pedro Vargas, Alfonso Reyes, Salvador Novo, Juan José Arreola, José Juan Tablada, Carlos Arruza y muchos más, quienes siempre vieron en “El Chango” García Cabral a un individuo bueno y humorista que se burlaba de sí mismo, expresando que nunca quiso ser humano sino una mera caricatura del hombre; es decir, un chango, una figura risible y cómica de la naturaleza.
El huatusqueño extraordinario que eludió pintar murales y usar el caballete y los pinceles del óleo o la acuarela, muere en la Ciudad de México, en agosto de 1968, a la edad de setenta y siete años, causando honda tristeza en sus familiares y en todos los compañeros y amigos que compartieron con él difíciles momentos y también espacios de alegría. Los caricaturistas actuales lo consideran su maestro y algunos especialistas en el arte gráfico lo comparan con el destacado Francés Honoré Daurnier, también reconocido artista internacional de los dibujos burlones y satíricos.

El escritor Juan José Arreola, autor de varios libros, dice del artista:
“Nadie, absolutamente nadie, ha retratado más el rostro de México, con una paciencia infinita de coleccionista y con una gran capacidad genial”.
Sus esquemas, sus expresiones gráficas, sus rasgos alegres, son mensajes importantes para las personas, aun para aquéllas que no saben leer o se inician en la escritura de palabras. Sus caricaturas y diseños siguen siendo admirados y son considerados como ejemplos para muchos jóvenes dedicados a la pintura y al dibujo profesional.

Úrsulo Galván Reyes

Uno de los hombres más importantes en la historia de la lucha por la tierra en México, lo es sin duda Úrsulo Galván Reyes. El 21 de octubre de 1893, Úrsulo vio la luz primera en la ranchería de Actopan, municipio de Tlacotepec de Mejía, Ver. Sus padres, Doña Amalia Reyes y Don Fermín Galván (campesinos sin tierra), venían de pueblo en pueblo, en busca de trabajo y de un lugar para establecerse. Era la época en que gobernaba el General Porfirio Díaz; tiempo en que los terratenientes, abusando de la protección de los jefes políticos, de los jueces y de las fuerzas rurales, despojaban de lo poco que tenían a algunos campesinos, y explotaban a otros, sometiéndolos a duras y largas jornadas de trabajo a cambio de miserables salarios que nunca alcanzaban para el sustento; por eso, siempre estaban endeudados en la tienda de raya o con los prestamistas.
Para acallar cualquier descontento, los ricos armaban a sus pistoleros (guardias blancas) para perseguir, castigar o asesinar a los campesinos que protestaban.
Durante este triste periodo de la historia, transcurrió la niñez y juventud de Úrsulo. Mucho caló en su conciencia el maltrato que los abusivos hacendados daban a los campesinos pobres. Ser testigo cercano de la injusticia y de la humillación de que eran víctimas los hombres del campo, forjaría la decisión y la vocación de Úrsulo de luchar para cambiar esta situación.

Los problemas de la pobreza, la angustia y la desesperación por no poder dar mejor vida a sus hijos (Úrsulo y Petra), más el trato injusto e inhumano del dueño de la tierra, orillaron a don Fermín a entregarse por completo al alcoholismo, lo que en vez de resolver, agravó la situación de su familia. Este penoso hecho obligó a Doña Amalia a enfrentarse sola al reto enorme de dar sustento y educación a sus pequeños hijos. Abandonó Actopan y el destino la llevó a establecerse en el Puerto de Veracruz; allí trabajó y procuró que Úrsulo asistiera a la escuela primaria elemental.

Úrsulo aprendió el oficio de la carpintería con Don Everardo Souza; allí, en el mismo taller, trabajaba Don Manuel Almanza, gracias a él, Úrsulo fue buen carpintero y fortaleció su conciencia de lucha por las causas justas de los pobres. Y es que Don Manuel Almanza era de aquellos hombres inconformes que se proponían acabar con la injusticia del Porfiriato.

Era muy joven Úrsulo Galván cuando estalló la Revolución de 1910 encabezada por don Francisco I. Madero. Los anhelos de justicia, libertad, tierra, democracia y educación como bandera de lucha de los revolucionarios, fortalecieron en Úrsulo su inclinación por el compromiso social.

Úrsulo se incorporó a la lucha armada de 1915, sólo que curiosamente lo hizo al lado de los carrancistas y obregonistas que, por cierto, no simpatizaban con la causa de los agraristas. El motivo de esta confusión es que, en 1915, no estaba claro quiénes eran *los buenos* y quiénes *los malos* en la lucha armada.
En 1917, regresó al Puerto de Veracruz; allí trabajó en los servicios municipales de Limpia Pública, y a pesar de que la lucha armada continuaba, él decidió no combatir.
Corría el año de 1919 cuando se fue a trabajar a los campos petroleros de la Huasteca. Su espíritu de lucha lo llevó a sumarse a la Casa del Obrero Mundial de Tampico, que luchaba contra Huerta. Por esta época, contrajo matrimonio con Doña Irene Bourrel, procreando dos hijos: Ferrer y Alba.

Volvió a Veracruz en 1920 orientando sus inquietudes hacia la lucha política. Hizo contacto con dirigentes de la Cámara del Trabajo y junto con José Fernandez Oca, Manuel Diaz Ramírez, Manuel Almanza, Herón Proal y otros, colaboró en la formación del primer Comité Local del Partido Comunista de México.
La guerra por el poder en México y, principalmente, contra las fuerzas de Carranza, continuaba. En 1921, acompañado de Almanza, Galván se dedica a la formación de cooperativas campesinas. Poco después, participó en la lucha de los inquilinos (arrendatarios de vivienda) del Puerto de Veracruz, ayudando a la formación del Sindicato Revolucionario de Inquilinos que encabezó Herón Proal.
Aunque fue importante la participación de Úrsulo en este movimiento ciudadano, el más grande logro de su acción revolucionaria habría de darse más tarde en la lucha por la tierra. El ideal de Zapata y Villa de que fueran devueltas las tierras a los pueblos y a sus antiguos dueños fue retomado en Veracruz por este líder campesino. Porque, a pesar de que en 1917 quedaron en la Constitución las leyes agrarias que beneficiaban a los campesinos, en la realidad de 1919 todo seguía igual que antes: Campesinos sin tierra, terratenientes fuertes, guardias blancas, injusticias, pobreza, explotación, burocracia y promesas.

Con fondos económicos del Sindicato de Inquilinos, una Comisión Organizadora, integrada por Manuel Almanza, Guillermo Lira, José María Caracas, José Cardel, Sóstenes Blanco, Agustín Alvarado y Martín Dehesa entre otros, inició con Úrsulo Galván a la cabeza, la organización y la defensa del campesinado veracruzano.
En febrero de 1923, Galván se propuso la formación de más comités agrarios y el fortalecimiento de los que ya existían, pues pensaba que esta era una estrategia importante para la obtención de la tierra. En esta época, en diversos poblados veracruzanos había movimientos campesinos cuyos líderes naturales venían impulsando la lucha agraria, coincidieron entonces en formar una Central Campesina que los unificara, y reconocieron a Úrsulo Galvan como Jefe del Movimiento.
Esta intensiva jornada de lucha en el campo tuvo mucho éxito aunque, también, muchos problemas. En algunos pueblos, los terratenientes y sus guardias blancas apoyados por el Jefe de Operaciones Militares, General Guadalupe Sánchez, hostigaron y combatieron a los agraristas con ganas de desaparecerles. Varios líderes fueron apresados, otros asesinados. Pero, a pesar de todo, la gira de organización y agitación siguió adelante. La guerrilla de campesinos armados también.
Vale la pena reconocer que gracias a que gobernaba en Veracruz un hombre que también se preocupaba por las necesidades del pueblo – El Coronel Adalberto Tejeda-, fue posible que con su apoyo se fundara la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos del Estado de Veracruz, poniendo a nuestro estado a la vanguardia en la lucha por la tierra. En una entrevista de Galván con el Gobernador Tejeda, éste expresó todo su apoyo a los campesinos. De inmediato fueron convocados los Comités Agrarios a una asamblea urgente en la ciudad de Xalapa, Ver., El 23 de marzo de 1923. El Teatro Lerdo de la capital del estado fue el lugar donde ciento veintiocho delegados de distintos grupos de población agrícola decidieron constituirse en lo que fue el antecedente de la Liga Nacional Campesina.
Como era de esperarse, el líder natural del movimiento campesino, Úrsulo Galván, fue nombrado Presidente de la Liga de Comunidades Agrarias, misma que a partir de ese momento, haría frente de manera organizada al Sindicato de Agricultores y al Partido Cooperativista que se oponían a los postulados de la Revolución. El propio Gobernador facilitó armas y guardias civiles para que los campesinos pudieran defenderse de los hacendados y sus guardias blancas. Después del 23 de marzo de 1923, los enfrentamientos entre campesinos y guardias blancas se hicieron más sangrientos. No era para menos, el movimiento campesino iba en serio. Muchos presidentes de comités agrarios fueron asesinados.
En octubre de 1923, Galván viajó a Moscú invitado a la Asamblea de la Internacional Roja Campesina. Allí recibió el reconocimiento por su lucha.
De regreso, Galván se entero de la rebelión del General Adolfo de la Huerta contra el Presidente Álvaro Obregón. De inmediato, se sumó a las fuerzas leales de Obregón y Tejeda, encabezando la lucha hasta 1925. Destacó en las guerrillas de Veracruz al mando de dieciocho mil campesinos. Vuelta la paz, Galván siguió al frente de la Liga de Comunidades Agrarias.

Del 15 al 20 de noviembre de 1926, siendo Presidente de la República el General Plutarco Elías Calles, se reunieron delegados campesinos de todo el país, en un congreso para constituir la Liga Nacional Campesina, cuyo primer dirigente fue, desde luego, Úrsulo Galván. Recorrió el país llevando a todos los rincones el ideario y la orientación de la Liga Nacional. Cuando surgió el Partido Nacional Revolucionario (PNR, antecedente del PRI), organizado por Plutarco Elías Calles, le fue ofrecida la Presidencia del mismo a Galván, pero éste, fiel a sus principios, la rechazó y, en cambio, se afilió al Bloque Obrero y Campesino formado por la Liga Nacional Campesina y el Partido Comunista del que siguió siendo miembro.
En 1929, Úrsulo Galván enfermó; aún recién operado continuó sus giras por el país orientando a campesinos. Esto le hizo recaer, y a pesar de la atención médica qué recibió en el sanatorio de Rochester, Minessota, EE.UU., dejó de existir el 28 de julio de 1930. Su cuerpo fue trasladado a México para darle sepultura en donde descansan también otros mártires del agrarismo veracruzano: En la cima del Cerro Macuiltépetl de la ciudad de Xalapa, Veracruz.

Lorenzo Barcelata Castro

Amigo lector, ¿te gusta cantar o escuchar canciones? Si es así, ¿ qué tipo de canciones son las que más te gustan?¿Los Boleros?¿Las Rancheras?¿Los Valses?¿Los sones veracruzanos o algún otro tipo de canciones?
¿Recuerdas esta?

El pescado, se hizo a la mar,

llena su alma de dulce ilusión.

Contento va, porque al remar,

piensa en su amada que en tierra dejó.

¿Ó ésta?

Que bonita mañana está haciendo

pa salir con mi chata a pasear

y llegar a donde andan moliendo

la caña de azúcar del cañaveral

¿Ó ésta?

Vengo a cantarte, mujer,

mi más bonita canción,

porque eres tú mi querer,

Reina de mi corazón.

¿Sabes quien compuso estas canciones? Claro que sólo puse un fragmento de cada una, pero las tres son muy conocidas, aunque no nos acordemos de quién es el autor o no lo hayamos sabido nunca. De eso quiero hablarte ahora, porque los nombres de los compositores a menudo se pierden en la leyenda, o en el olvido, que es peor; pero sus canciones, cuando son buenas, se hacen populares y la gente las canta durante muchos años.

Eso es lo que ha pasado con estas canciones; la gente las sigue cantando, aunque las tres tienen más de cincuenta años.

El autor de estas canciones fue un músico veracruzano que nació en Tlalixcoyan, y que se hizo famoso cantando sus propias canciones en la radio y el cine. Se llamaba Lorenzo Barcelata Castro y nació a fines del siglo pasado o principios de éste: unos dicen que en 1898 y otros, que en 1902, pero, en cualquier caso, su vida no fue muy larga, porque murió en 1943. Cuando murió, ya había escrito muchas canciones. Algunas de las más conocidas son El pescador, Caña de azúcar y María Elena, que son las que transcribí antes. La primera es un son tropical, la segunda un huapango y la tercera un vals, pero escribió muchas más.
En su época, sus canciones se escuchaban por todas partes, a veces cantadas por él y a veces por otros, porque fueron grabadas en discos que sonaban en las sinfonolas que entonces había en muchos lugares. También las tocaban en programas de radio y algunas fueron ternas de películas en las que él aparecía cantándolas.
Lorenzo Barcelata nació con la música por dentro. En su familia han sido frecuentes los músicos y los bailadores de fandango. Dicen que su primera canción la compuso cuando tenía 14 años y la llamó Arroyito. Desde niño, cuando asistía a la escuela primaria, empezó a aprender a tocar la guitarra, y lo hacía muy bien. También, tocaba la jarana, el requinto y el arpa. Y con su guitarra, su voz y su inspiración, salió a recorrer el mundo y cantó sus canciones en todas partes.
Al principio, tuvo que trabajar en esas actividades, formó con otros cuatro artistas un quinteto que llamaron Trovadores Tamaulipecos y con ellos triunfó en Tamaulipas, Veracruz, Yucatán, Cuba y Estados Unidos, de donde regresaron sin dos de ellos, que murieron en Nueva Jersey, en un accidente automovilístico.
Después de esto, Lorenzo Bareclata se quedó en México varios años, en los que dirigió, sucesivamente, dos radiodifusoras. También reorganizó el quinteto tamaulipeco, con dos nuevos artistas que suplieron a los compañeros muertos. Trabajó en varias películas que se hicieron famosas, como María Elena, Allá en el Rancbo Grande, Ora Poncíano, Bajo el Cielo de México, Las Cuatro milpas y otras.
En esa época alcanzó fama internacional su canción vals María Elena, que llegó al primer lugar de popularidad en Nueva York, Estados Unidos, en 1940.
Con ese motivo, se fue a una larga gira por el continente, que terminó en Estados Unidos, donde se quedó un tiempo escribiendo música para varias películas de la Paramount. Regresó a México en 1943 y ya había firmado contrato con la emisora Radio Mil, pero el 13 de julio de ese año murió, antes de su debut.

Agustín Lara

Agustín Lara es un compositor que vive en la memoria afectiva de todo romántico. Fue un músico que hizo vibrar los corazones de los enamorados por allá de los años cuarenta y cincuenta, y aún permanece vivo.

Lara, “El Flaco de Oro” como lo llamaban, se consideraba un romántico *cursi* porque para él la cursilería era don hermoso, que funcionaba como imán para las mujeres.
Soy ridículamente cursi y me encanta serlo, porque la mía es una sinceridad que otros rehuyen… ridículamente. Cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia.

Aparte de la música, sus otras debilidades o amores fueron Veracruz y las mujeres. Se casó siete veces, una de ellas con la gran actriz mexicana María Félix. Su primera esposa se llamó Angelina Bruschetta y
siempre la recordó con mucho afecto. Bibí, como él la llamaba, fue la musa que le inspiró la canción Mujer.

Según la versión oficial, Agustín Lara nació en la Ciudad de México el 14 de octubre de 1900, pero él dijo siempre haber nacido en Tlacotalpan, Ver., razón por la cual todos lo consideramos veracruzano.

Agustín y sus hermanos, María Teresa y Pipo quedaron huérfanos de madre cuando aún eran muy pequeños. Vivieron al amparo de su padre, que era médico, pero Agustín no mantenía una buena relación con él, por ello pronto fue enviado a vivir a la Ciudad de México con su tía Refugio, quien tenía a su cargo un hospicio ubicado en Coyoacán.

Al lado de su tía, Agustín establece su primer contacto con la música. Ella lo enseña a tocar el piano y, al descubrir sus dotes musicales, lo envía al Liceo Fournier a estudiar. En este lugar no sólo aprende a tocar piano sino también a hablar muy bien el francés. Durante este periodo tiene su primer encuentro con la poesía a través de un viejo jardinero. Con él, le llega el eco de los poetas románticos mexicanos del siglo pasado como Nájera, Nervo, Acuña y Manuel M. Flores.
Romántico e inquieto, Lara decide muy joven alejarse de la familia. Empieza a trabajar desde los 13 años en bares y cantinas, tocando el piano e interpretando sus primeras composiciones. Su vida amorosa y musical se desarrolla en el ambiente bohemio de la época; pero, debido a que el entonces presidente de la República Plutarco Elías Calles decretara el cierre de bares y otros centros de disipación, Lara empieza a ampliar sus horizontes artísticos pues se ve obligado a buscar su realización en otras actividades. Hacia 1936, comienzan a llegar sus primeros contratos, se inicia así su carrera como artista. El año de 1940 inaugura un periodo de triunfos y reconocimientos, las mujeres y la fama lo rodean; se inicia una etapa de derroche y, al mismo tiempo, de un sinnúmero de canciones interpretadas por los mejores cantantes del momento: Maruca Pérez, su mejor amiga y primera intérprete, sustituida por Toña “La Negra” y Pedro Vargas, su compadre del alma.

Si la radio impulsa su música, el cine se encarga de magnificar su imagen. Películas que recrean la vida nocturna de los años cuarenta como Aventurera, Sensualidad, Víctimas del Pecado, muestran noches de cabaret y de salones de baile. Los lugares impregnados de humo, las rumberas y las mujeres marcadas por la tragedia, conforman la atmósfera donde resuena la música sensual y romántica del compositor veracruzano.

El 6 de noviembre de 1970 muere el músico-poeta y sus restos son depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres de la Ciudad de México. Actualmente, en el Puerto de Veracruz existe un recinto nostálgico para los seguidores de “El Flaco de Oro”: La Casita Blanca, museo y rincón bohemio donde hacen su nido las olas del mar, donde cada día se hace evidente la esencia romántica de los veracruzanos. Generaciones jóvenes y adultas no ocultan su emoción cuando al unísono entonan piensa en mí, como un homenaje a quien siempre pensó y amó nuestra tierra.

Miguel Alemán Valdés

Nació en Sayula, una pequeña población del sur de Veracruz, en 1905, justo en los momentos en que comenzaba a presentarse un sentimiento de disgusto hacia el dictatorial gobierno de Porfirio Díaz. Ante tal situación, su padre, Miguel Alemán González trabajador del campo y pequeño comerciante se decidió, junto con un grupo de hombres, a hacer uso de las armas con el fin de lograr cambios favorables para la vida de los suyos, y también para impedir que terrenos que eran de su patrimonio pasaran, por disposición presidencial, a poder de un inversionista inglés de apellido Pearson.

Por lo tanto, hacia 1910, don Miguel Alemán González se sumó a la causa de la Revolución Mexicana y se incorporó a las actividades de guerra en la región sureña de Acayucán. Dentro de ese ambiente de enfrentamientos, transcurrieron los primeros años de vida de Miguel Alemán Valdés justamente por esta peligrosa situación, su señora madre, Tomasa Valdés, con Miguel y sus otros dos hijos, Antonio y Carlos, salieron de su pueblo natal con dirección a la cercana población de Oluta, Ver., para reunirse con unos familiares. Es natural que en tales circunstancias la realización de los primeros estudios de este niño no fuera fácil, pues tuvo que hacerlos en diferentes escuelas y poblaciones; primero en Acayucan, después en Coatzacoalcos y, hacia 1915-1917, en la importantísirna Escuela Modelo de Orizaba, Ver., en ese momento bajo la dirección del maestro Manuel Oropeza.

La fuerte tradición de lucha de los obreros de esta zona industrial y su actitud combativo para mejorar sus condiciones de vida, seguramente impactó la conciencia y marcó de algún modo el pensamiento de Alemán Valdés.
Otra fuerte influencia la recibía del ejemplo de su padre, quien bajo las órdenes de Álvaro Obregón combatió a las fuerzas de Francisco Villa en las célebres batallas de León y Celaya en el estado de Guanajuato. Al triunfo de este grupo, Venustiano Carranza se consolidó como la figura principal de la Revolución y fue electo Presidente Constitucional en 1917. Fue en este año que Alemán Valdés se trasladó a la Ciudad de México para continuar sus estudios pero, por motivos personales, retornó a su estado natal.

Entretanto, en 1919, al rompimiento de Obregón con Carranza, don Miguel Alemán Gonzáléz se adhirió, al bando obregonista, el cual obtuvo la victoria y llevó a Obregón a la presidencia de México. Por su parte, en 1920 el joven Alemán Valdés ya estudiaba en la Escuela Nacional Preparatoria, en la capital de la República.
Hacia 1925 ingresó a la Escuela Nacional de Jurisprudencia para estudiar la carrera de abogado, que concluyó en 1928 al titularse con un trabajo de investigación que hacía evidente su conocimiento en asuntos laborales relacionados con accidentes de trabajo y enfermedades profesionales. Por esos años su padre fue diputado en la Legislatura de Veracruz y él se iniciaba como defensor de obreros en los litigios que entablaban contra los dueños de fábricas y, en particular, contra los representantes de las compañías petroleras extranjeras que maltrataban a los trabajadores.

El año de 1929 trajo una situación dividida la familia de Alemán Valdés pues Don Miguel, el padre, se opuso a la reelección del Presidente Obregón, decisión que finalmente le costó la vida. Sobreponiéndose a ésta y otras condiciones adversas, Alemán Valdés inició su carrera política. En este sentido, su cercanía y colaboración con el Presidente de la República, Lázaro Cárdenas, así como su propia habilidad política le permitieron, de 1936 a 1939, ser Gobernador del Estado de Veracruz. Fue ésta una época en la que el país experimentó una gran actividad en lo económico y social.

Durante el Gobierno de Cárdenas se logró la expropiación de la industria petrolera, se repartieron tierras, se apoyó al movimiento obrero, y la industrialización del país fue un hecho que se expresó con vigor en algunas de las entidades de la República, el Estado de Veracruz entre ellas. La administración de él fue congruente con la política del Gobierno Nacional. El reparto de tierras se hizo patente, por ejemplo, en la formación de ejidos en los municipios de Perote, Tlalixcoyan, Misantia, Cotaxtla, Fortín y Martínez de la Torre, y la industrialización cobró fuerza con el desarrollo de las comunicaciones, el crecimiento de las ciudades, el apoyo a las inversiones, a la educación y a la salud de los veracruzanos.
Estando al frente del gobierno veracruzano, Alemán Valdés fue llamado para dirigir la Campaña Presidencial del General Manuel Ávila Camacho, posición que le permitió ocupar el cargo de Secretario de Gobernación en el gobierno del propio Ávila Camacho. En el desempeño de esta función adquirió gran experiencia en lo referente a la política nacional e internacional, convirtiéndose, además, en un atento observador del desarrollo y participación de los grupos obreros nacionales.
Antes de terminar el periodo presidencial del General Ávila Camacho, el licenciado Alemán renunció al cargo que desempeñaba a fin de lanzar su Candidatura a la Presidencia de la República para el periodo 1946-1952. Al frente del Gobierno Nacional el Presidente Miguel Alemán Valdés impulsó la política que había aplicado en su estado natal; propició el abandono de la economía tradicional, basada casi por completo en la producción agrícola para el autoconsumo; y organizó la producción del campo para destinarla al mercado extranjero y a las ciudades del país. En lo referente a la producción industrial, el Gobierno de Miguel Alemán favoreció las actividades relacionadas con la Producción de Energía Eléctrica, la Explotación Petrolera, la Industria de la Construcción y otras no menos importantes; impulsó el Desarrollo del Sistema Carretero del País y de las Comunicaciones en general. Igualmente fue importante el apoyo que dio a la Educación Superior, precisamente la Ciudad Universitaria, en la Ciudad de México, es obra de su gobierno.

El desarrollo de la economía permitió el crecimiento de la clase media y de la clase alta, que al ver incrementados sus recursos aumentaron su consumo de automóviles, lavadoras, planchas, estufas, ropas, herramientas, etc., así como también demandaron diversos servicios. Esta demanda de productos y servicios posibilitó la formación de empresas, fábricas, hoteles, centros comerciales, etc., que recibieron apoyos muy importantes: créditos, préstamos, exención de impuestos, políticas de salarios bajos, entre otros. El dinamismo de la economía generó el crecimiento de una clase media que también exigía otros satisfactores como hospitales, mercados, escuelas, viviendas, centros de recreo. El Estado, en la administración del presidente Miguel Alemán Valdés, desarrolló también una política para cubrir tales exigencias.

La imagen de las ciudades cambió rápidamente y generó una atracción para las gentes del campo que consideraban que vivir en áreas urbanas les permitiría elevar su nivel de vida.

En el Gobierno de Alemán, algunas organizaciones de los trabajadores consideraron al presidente como el estadista que daba fin a los gobiernos militares de la Revolución e iniciaba una etapa de gobierno de civiles que propugnaba un desarrollo para todos con base en la industrialización del país. Para significar el compromiso que Miguel Alemán Valdés tenía con los postulados de la Revolución Mexicana y para señalar la juventud del Presidente de la República, Vicente Lombardo Toledano, importante Líder Obrero, lo denominó “cachorro de la Revolución”.
El primero de diciembre de 1952 Miguel Alemán Valdés entregó a, otro veracruzano, Adolfo Ruiz Cortines, el poder presidencial. Pero, dado que él era un hombre menor de cincuenta años y en plenas capacidades físicas y mentales, no se retiró totalmente de la vida pública.

Al paso del tiempo recibió reconocimientos del Gobierno del Estado de Veracruz, de la Universidad Nacional Autónoma de México y de dos Universidades de Estados Unidos. Durante el Gobierno del Presidente Miguel de la Madrid, el Licenciado Alemán desempeñó el cargo de Presidente del Consejo Nacional de Turismo. En el desempeño de esta función murió en 1985 Miguel Alemán Valdés, iniciador de la modernidad en nuestro país, prominente político y distinguido veracruzano.

Francisco Gabilondo Soler

La sensibilidad hacia el mundo de los niños fue una de las características que siempre distinguió a Francisco Gabilondo Soler. Nació el 6 de octubre de 1907 en la Ciudad de Orizaba, y sus padres fueron Don Tiburcio Goya y Doña Emilia Soler Fernández. Tuvo tres hermanos, cuyos nombres fueron Augusto, Jorge y Eva. Desde niño, demostró una inclinación muy fuerte hacia la música, de modo que aprendió a cantar y a tocar el piano y el violín. Muy joven partió hacia la Ciudad de México para abrirse camino en el terreno musical. Probó en varias estaciones de radio y en teatros pero no tuvo éxito. Comenzó a componer canciones con temas infantiles para una niña amiga suya que vivía en la misma casa de huéspedes que él y fue esta mortalidad la que lo llevó al éxito; pronto tuvo uno de los programas radiofónicos más escuchados en México.

Francisco Gabilondo Soler decidió volver a bautizarse cuando ya componía canciones dirigidas a los niños, y se puso “Cri-Cri” en honor al canto de los grillos. Fue como si diera a conocer al mundo el grillito que en su interior parecía contarle historias que recogieron sus canciones. Los personajes vivían en los recuerdos de infancia de Francisco Gabilondo, y fue precisamente gracias a “Cri-Cri”, el Grillito Cantor, que la niñez mexicana descubrió esos personajes hasta entonces desconocidos.
“Cri-Cri” fue precursor de personajes populares creados para los niños y, debido a que su música gozó desde un principio de una gran difusión, son ya muchas las generaciones que crecieron escuchándola.

Sin embargo, no fue la música su única pasión, y si bien es cierto que es a través de sus canciones como lo conocemos hoy en día, también es necesario destacar que tenía habilidades para las matemáticas, la astronomía, la navegación y los deportes; fue además un viajero incansable.

La magnitud de su obra se manifiesta en la variedad de temas y personajes que habitan en sus canciones, ¿quién no ha escuchado alguna vez temas como “Caminito de la escuela; Al perrito le duele la muela, por no mencionar “La Patita?

Aunque se desconoce el número exacto de sus canciones, se calcula que éste asciende a doscientos.

Francisco Gabilondo Soler vivió en la época en que los mexicanos conocieron la radio como medio de difusión, y fue precisamente a través de ella que sus composiciones gozaron de un gran impulso; en 1934 comienza la transmisión de su programa radiofónico gracias al cual el país entero conoce las historias del Negrito Sandía, la Abuelita, el Che Araña y el Elefantito, a quien no le gusta la sopa.
Las canciones de El Grillito Cantor están llenas de ternura, aunque no faltaban las travesuras o los asuntos misteriosos que a los niños siempre interesan. Estos temas, vistos desde un punto de vista infantil vinieron a llenar un vacío de la música popular, puesto que es necesario recordarlo, por aquellas épocas los únicos géneros que se escuchaban estaban destinados al público compuesto por adultos.
En fin, a través de su obra (que además ha sido en parte traducida a otros idiomas), niños y adultos hemos conocido mundos donde los castillos son de caramelo y los juguetes cobran vida por la noche …

Francisco Gabilondo Soler murió el 14 de Diciembre de 1990.

El Baile de los muñecos,

al sonar las tres de la mañana,

los muñecos se paran a bailar,

la casa está dormida, nadie los verá

y salen de sus cajas dispuestos a gozar.

El primero que ha llegado es el Soldado Bigototes en su caballito de cartón,

y después el Gato Félíx y Pinocho en un carrito arrastrados por un buen ratón.

La Cocorica y Miguelito vienen juntos,

Caperucita viene atrás en un camión.

Y agarrándonos las manos los muñecos brincoteamos, hasta que aparezca el sol.

El muñeco de sorpresa asomando la cabeza, a todos los asustó:

O se callan por las buenas o les jalo sus melenas porque no dejan dormir.

El Gato Félix se acercó y de un zarpazo, al Narizotas a su caja regresó.

Aunque el tonto del payaso se enfurruñe bailaremos, hasta que aparezca el sol.

Serafín Olarte

Como otros muchos hombres que lucharon por la Independencia Nacional, tiene lugar en la historia del Estado de Veracruz por la actividad que desarrolló en el norte de nuestra entidad en contra de los españoles.

Serafín Olarte fue un indígena totonaco originario de Coyuxquihui, poblado serrano, a treinta y cinco kilómetros, aproximadamente, de Papantla. No existen referencias sobre la fecha de su nacimiento, sin embargo, aparece en escena hacia 1813, cuando se enlista en las filas insurgentes que buscaban la Independencia de México. Un año después, se entrevistó con Ignacio López Rayón en Zacatlán, al cual le solicitó armas para luchar contra los españoles. De ahí se regresó a Papantla, donde organizó un grupo de insurgentes el cual hostilizó a los destacamentos españoles estacionados en esa localidad.
Tras la captura y muerte de Morelos y otros líderes insurgentes, en 1815, sólo Vicente Guerrero y Serafín Olarte se mantenían en pie de lucha, el primero en el sur del país y el segundo en el norte de Veracruz. En 1816, Serafín Olarte participó de manera importante al lado de los insurgentes que estaban atrincherados en Tlaxcalantongo, fortaleza encomendada a Joaquín Aguilar, quien había sido nombrado por el Congreso, Intendente de Veracruz. Tras varias acometidas, los realistas lograron recuperar la plaza de Tlaxcalantongo obligando a Olarte y a Aguilar a huir hacia Cerro Blanco, para reagruparse y continuar la batalla.
En 1819, Olarte y su grupo insurgente continuaron instigando a los realistas e intentaron tomar Papantla, acto que no lograron y que provocó el incendio de medio pueblo por parte de los soldados realistas, como castigo a los habitantes del lugar por haber apoyado a los insurgentes. Hacia 1821, año de la firma de los Tratados de Córdoba en los que se reconocía la Independencia de México, Serafín Olarte fue emboscado y muerto por los españoles en la región de Papantla. La muerte no le permitió ser testigo de la independencia por la que tanto luchó.

Serafín Olarte forma parte de los héroes que con su lucha permanente lograron construir la patria mexicana.

Mariano Olarte

La agitada vida política de Papantla en la primera parte del siglo XIX está ligada a Serafín Olarte, quien fue el más destacado de los líderes insurgentes de la región. Con su hijo Mariano Olarte, prolongó su protagonismo hasta la muy famosa rebelión indígena de 1836.

Mariano Olarte, participó desde muy pequeño al lado de su padre con grado de alférez desde 1813. poco después de muerto su padre, se pacifico gracias a la intervención de José María Aguilar, un cura dedicado a las misiones y concertaciones de paz. El 5 de Noviembre de 1836, el teniente coronel Mariano Olarte, al mando de una multitud de indígenas sitió y luego tomó la población de Papantla debido a la explosión social que se gestaba en la tierra totonaca, dando inicio al movimiento de insurrección que se extendió a las zonas de Puebla e Hidalgo hasta 1838.

Mariano Olarte presentó a las autoridades un listado de condiciones para deponer las armas, pidiendo la solución a los problemas, además de un indulto general y ser nombrado Padre de los indígenas para impedir que fueran maltratados. Esto no llegó a realizarse debido a que las tropas oficiales retomaron la ciudad retirándose a los insurrectos a los montes. A los pocos días emite el Plan de Papantla, por medio del cual pide la destitución del Gobierno de la República.
La insurrección indígena se mantuvo por dos años hasta que su Líder Mariano Olarte fue emboscado y muerto como su padre, luego de que Guadalupe Victoria convenció a varios lugartenientes para que depusieran las armas. La insubordinación indígena nos muestra la vinculación de la política nacional con la local y reflejó con claridad las condiciones de vida y trabajo de las comunidades indígenas.

Comenzaba este siglo cuando los obreros de las fábricas de la región de Orizaba se inconformaron por las condiciones de explotación a las que eran sometidos. Esta situación de bajos salarios, jornadas extenuantes, maltratos e injusticias, era la misma que sufrían los trabajadores de todo el país. El general Porfirio Díaz gobernaba a la nación con mano de hierro y favorecía a los patrones permitiendo la explotación de los trabajadores.

El 7 de enero de 1907 estalló en Río Blanco la inconformidad contra esa explotación: los obreros acordaron un paro de labores. Cuando sonó el silbato de la fábrica que marcaba la hora para entrar a trabajar, los obreros se encontraban reunidos a las puertas de la fábrica deliberando; con ellos, habían llevado, de distintos puntos del pueblo, mujeres que tenían algún parentesco o cercanía, como esposas, madres y hermanas. Encargadas de manejar el gasto familiar, sabían muy bien la explotación a que estaban sometidos los trabajadores, como sabían también que, en caso de problemas, el ejército estaría del lado de los patrones. De esta manera, a las puertas de la fábrica estaban reunidos, solidarios, hombres y mujeres.

Para desalentar el paso a quienes quisieran sabotear el paro y entrar a trabajar, las mujeres se formaron en hilera a la entrada de la fábrica; su conciencia les indicaba que este día tenían que unirse a esa lucha y atenerse a la sentencia que alguien había gritado el día anterior: “Primero mártires que esclavos”. Como en muchos otros episodios, la participación de la mujeres manifestó también en Río Blanco. Algunas de las mujeres que estaban en ese lugar eran Lucrecia Toriz, Margarita Martínez y Filomena Pliego, nombres que son símbolo de la lucha solidaria de la mujer al lado del hombre.

Hasta entonces, lo único que se afectaba era la orden de entrar a trabajar. Sin embargo, un grupo decidió acercarse a la tienda de raya, cuyo dueño también los explotaba. En ese momento, uno de los empleados de la tienda accionó su pistola matando a un obrero; esta acción fue la chispa que enardeció a la multitud y provocó motines y saqueos, primero en esa tienda y después en otros negocios. Los manifestantes marcharon hacia Nogales y luego a Santa Rosa, donde estaban los obreros de las fábricas ahí establecidas.

Este movimiento de protesta, hasta cierto punto espontáneo, terminó en una gran tragedia. El ejército intervino y asesinó a obreros inermes. No se supo realmente cuántos muertos hubo, hay quienes afirman que los soldados llenaron cinco plataformas del ferrocarril con cadáveres de obreros que llevaron a tirar al mar.
El movimiento fue reprimido; la muerte o la cárcel fue la consecuencia para muchos trabajadores. Pero el fin de la dictadura de Porfirio Díaz estaba cerca. Tres años más tarde, se iniciaría la Revolución Mexicana, en 1910.
Existe discusión acerca de la personalidad de Lucrecia Toriz. Para unos, es una heroína del movimiento obrero; para otros, es simplemente una mujer que apareció de momento entre la multitud.

Si partimos del hecho de que las mujeres estuvieron al lado de los trabajadores para asentarlos y que entre éstas se encontraba Lucrecia Toriz, eso es suficiente para reconocerle el mérito irrefutable: participó por decisión propia en los acontecimientos que la historia registró como uno de los movimientos precursores de la Revolución Mexicana. En todo caso, es un pretexto para reconocer en ella a tantas mujeres que, solidarias con su esposo, su padre o sus hijos, lucharon al lado de ellos para conquistar mejores condiciones de vida.